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·Galería Poesía Florencio Quintero
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EN UN REGAZO DE SEDA
( Al cristo de la misericordia)
 
     Callen los roncos tambores
y enmudezcan las cornetas,
que Dios-Hombre se ha dormido
sobre un regazo de seda.
 
     Que se suspenda en el aire
el dolor de la saeta.
Que pare su andar la luna;
que quede la noche quieta,
porque Cristo no está muerto
que sólo descansa en Ella.
 
  !Cómo se puede morir
el Rey del Cielo en la tierra!
 
  !Ay, cómo exhalan dulzura
sus pupilas entreabiertas!
 
 Callen los roncos tambores
y silencien las cornetas.
Que broten sólo alelíes
con sus blancuras pequeñas.
Que le rodeen blancos lirios,
azahares y azucenas.
 
Que pare su andar el tiempo
para ver si no despierta.
Que sólo una brise leve
le roce su tez morena
y lo acaricien los besos
luminosos de una estrella.
Que sólo los costaleros
sobre los pies lo mantengan.
Así, despacio, despacio.....
!Qué lo mezcan, que lo mezcan,
porque se va a despertar
y va a ser mayor su pena.
 
  !Qué no está muerto, que no!
Que sólo descansa en Ella,
de tanto dolor pasado,
de tanta injuria y blasfemia.
 
  ! Queden quietas en los aires
perfumadas Primaveras...!
 
  Que Dios-Hombre se ha dormido
en un regazo de seda.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LAS MANOS DE MI PIEDAD
 
    A mi Piedad en la tarde
!Cómo la piropeaban
los que miraban la pena
de su carita aniñada!
 
Cuando a Piedad hay que verla;
a Piedad no hay que mirarla.
 
Podrán mirarla a los ojos,
y podrán mirar su cara.
Podrán mirar sus mejillas,
y podrán mirar sus lágrimas.
Podrán mirarle los labios;
podrán mirar sus pestañas;
podrán mirarle su pelo;
podrán mirar su garganta
y podrán mirar su frente
que es más bonita que el alba.
 
A mi Piedad en la tarde,
cómo la piropeaban,
los que miraban su rostro,
los que sus manos miraban
y a la Piedad hay que verla
con los ojistos del alma.
 
Y decían que sus manos
eran luz de nieve clara;
que eran blancas azucenas;
que eran puras rosas blancas;
que eran flores de azahar;
jacintos de la mañana;
que eran gotas de rocío...
de transparentes y castas,
limpias como el mediodía
y cristalinas fontanas...
Cuando sus dos manos son
dos rosas ensangrentadas.
 
si no, no fuera Piedad,
y no fuera flor amarga.
La sangre de Cristo está
en sus manos congelada.
 
Son dos palomas heridas;
son violetas desmayadas;
y serán dos azucenas...
pero azucenas truncadas;
son dos florens de jacinto,
de tan doloridas, pálidas;
son dos flores con color
de una corona espinada,
y con un dolor de hierro
de Santas manos clavadas.
 
!A mi Piedad en la tarde,
cómo la piropeaban...!
Siendo mi Piedad quejido
profundo de madrugada.
 
Morena del Baratillo;
Morena de albero y agua;
Morena, niña Morena,
Morena de la Maestranza;
Bonita del Arenal,
granito de sal y gracia....
¿ Cómo miraban tus ojos,
cómo miraban tu cara,
y no te veían las manos
en sangre y llanto empapadas?
 
Y quien tus manos no vea...
de Piedad no sabe nada,
porque tus dos manos tienen
quejidos de madrugada.
 

 

 
 
 
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