Lectura del Evangelio: III Domingo de Pascua

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (2,14,22-33):

El día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró:

"Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras.

A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él:

"Veía siempre al Señor delante de mí, pues está a mi derecha para que no vacile. Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada. Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción. Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro".

Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios "le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo", previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que "no la abandonará en el lugar de los muertos" y que "su carne no experimentará corrupción". A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.

Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo".

Palabra de Dios

Salmo Sal 15,1-2.5.7-8.9-10.11

R/. Señor, me ensenarás el sendero de la vida.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Yo digo al Señor: "Tú eres mi Dios". El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano. R/. 

Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. R/.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa esperanzada. Porque no me abandonarás en la región de los muertos, ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R/.

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro !1,17-21):

Queridos hermanos:

Puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios.

Palabra de Dios

Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,13-35):

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iba caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. 

Él los dijo:

"¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?" Ellos se detuvieron con aire entristecido, y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?"

Él les dijo: "¿Qué?"

Ellos le contestaron:

"Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron".

Entonces él les dijo: "¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?"

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: "Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída". Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:

"¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?"

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

"Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón".

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

COMENTARIO

La primera lectura de este domingo sigue una continuidad con el tono de las lecturas de estos días de pascua. Los apóstoles siguen dando fiel, valiente y alegre testimonio de la resurrección de Jesús. En este caso, se narra la predicación de Pedro el día de Pentecostés. Jesús, a quien los que escuchan han asesinado, ha resucitado y es Señor de la historia y de nuestra vida. Y lo atestigua además con la promesa hecha a David. La Resurrección está dentro de los planes de Dios que han sido proclamados por los profetas a lo largo de las Escrituras.

El evangelio que proclamamos este domingo da testimonio de todo esto. Jesús ha resucitado, pero no es descubierto por los suyos. Los discípulos de Emaús se encuentran en una situación personal de derrota. La falta de fe trae mucha oscuridad, inseguridad, falta de claridad a la hora de tomar decisiones. El camino de estos apóstoles puede parecerse, en algunas ocasiones, al mismo que nosotros podemos hacer en nuestra vida. A veces, podemos abandonar nuestra Jerusalén, es decir, nuestros deseos de vida de verdad, nuestros compromisos que nos hacen crecer, nuestros sueños que nos empujan a seguir hacia delante y creyendo en todo lo que puedo aportar. Podemos abandonar incluso al Señor y eso nos debilita, nos quita la vida, nos vuelve tristes. En definitiva, todo lo que me hace vivir e ilusionarme con el horizonte que tengo por delante.

Pero, en medio de todo ese camino, surgen dificultades, contratiempos, etc., que me llevan a replanteármelo todo e incluso ir hacia Emaús, es decir, tirar a lo fácil, abandonarlo todo, desconfiar de mí mismo, pensar que nunca voy a poder ser de verdad como deseo. Y esto apaga profundamente nuestro corazón, oscurece muchísimo nuestra existencia, nos mete en nosotros mismos y no queremos escuchar nada que me saque de la situación en la que encuentro, aunque no me guste. Parece que todo ha terminado y abandono mis deseos de demostrarme, de verdad, que soy capaz de mucho más de lo que me imagino.

Y, en medio de todo esto, algo sucedió. Sin que lo reconozcan, Jesús se hace compañero de camino de estos dos hombres. Están desolados, quejosos y decepcionados. Ahora parece que todo lo que está por delante se ve con pesimismo. Sólo queda volver a lo de antes y se terminó. Jesús no puede dejar que eso suceda. Cuando Él llama, cuando Él elige, cuando Él se compromete, nunca deja en la estacada. Otra cosa muy diferente es que nosotros no lo veamos. Y esto mismo es lo que ocurre. Ante la decepción por la muerte en la cruz, de quien pensaban que era un "profeta poderoso en obras y palabras" que liberaría al pueblo de Israel, sólo queda volver a lo anterior. Vivir todo de tejas hacia abajo, nos impide descubrir a Jesús cerca de nosotros. Jesús se hace compañero y les escucha. Deja que se desahoguen. Les escucha con paciencia. ¿Qué pensaría de ellos? Pero les respeta y sigue hacia delante caminando.

Cuando la fe no está en nuestra vida, hay desorientación. Jesús les explica las escrituras y les recuerda que el Mesías tenía que morir. La Historia de la Salvación lo es porque es una historia de amor sin igual y sin límites, que termina con la entrega de la vida en la cruz. Pero el amor, que es lo que más vida da al hombre, no muere jamás. Ir escuchando estas palabras, recordar que la historia de Dios con el hombre es una historia de salvación, hace que el corazón de estos hombres empiece a calentarse de esperanza, de ilusión, de vida. Quizás vuelven a sentir lo que les había hecho ponerse detrás del Maestro. Están tan a gusto que no quieren que el misterioso caminante se vaya y le invitan a que se quede con ellos. Y lo descubren totalmente al celebrar la Eucaristía. ¡Cristo vivo en el pan y el vino! ¡Jesús resucitado y a nuestro lado recordándonos, cada vez que celebramos este maravilloso sacramento, que Él sigue siempre con nosotros!

Pero antes, ya lo habían descubierto en la Escritura: "¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?" La Palabra de Dios en la Eucaristía nos ayuda a entender y contemplar que la historia de la salvación es la historia de la pasión más grande nunca vivida por los hombres. Leer las lecturas cada domingo nos recuerda la pasión de Dios por nosotros, sus promesas de Salvación y su propio cumplimiento en Cristo. Dejarse tocar por este amor, sentirse tan querido por Dios, es lo que hace vibrar a nuestro corazón y no querer dejar de sentir en ningún momento todo esto. A Jesús también lo reconocemos en su Palabra que nos recuerda con cuánto amor nos mira. Cómo la historia de nuestra vida está tejida con los hilos de oro de fidelidad y esperanza de Dios con cada uno de nosotros.

Volver a experimentar esto, les pone en seguida en camino para anunciarlo a los apóstoles. Ellos, que antes no habían dado crédito al anuncio de las mujeres, tal y como relatan a Jesús, tiene la misión de anunciar que Jesús está vivo. Y cuando llegan a anunciarlo, escuchan más testimonios de la resurrección. Las promesas de Dios siempre se cumplen. Nosotros podemos dejar de verlo porque nos metamos en nosotros y olvidemos que, antes que nada, está el amor de Dios y su fidelidad. No podemos vivir de tejas hacia abajo porque nos traicionamos a nosotros mismos y no podemos ver que Dios siempre viene a nuestro encuentro y nos acompaña.

Muchas veces tenemos la tentación de volver a nuestro Emaús particular. Pero esto no es más que una salida fácil, una huida, es volver a la mediocridad que tanto nos agota y asfixia, perder la oportunidad de seguir esos deseos de plenitud y futuro que cuando pensamos nos llena de esperanza y de ilusión. En medio de esos momentos, también reconocemos que hay algo en nuestro interior que no nos deja volver hacia atrás, que nos impide dejar de soñar porque entonces no nos reconoceríamos a nosotros mismos. Muchas veces, a pesar de la oscuridad, sentimos un algo que nos dice que sigamos, que no tiremos la toalla, que perseveremos y no dejemos de creer en lo que Dios ha puesto en nuestro corazón. Pues esa es la presencia del Resucitado, que como caminante al que a lo mejor no reconocemos, no nos deja y nos toca el corazón con su gracia para que levantemos la mirada y le veamos claramente como quien nos da la mano y nos fortalece.

En medio de las dificultades, a pesar de todo, no dejemos de acudir a Jesús en su Palabra, en la Eucaristía, en su presencia en el hermano. Este pasaje nos invita a sentirnos acompañados por Él en esas realidades para ser capaces de interiorizar que su presencia entre nosotros sigue permanente. Nos invita a salir de nosotros y a verlo en las mediaciones en las que Él mismo se ha querido quedar, para que nosotros seamos buenos hospederos y le permitamos entrar en nuestra vida.

Experimentar esto, saber que aquello en lo que creo es cierto, que me puedo fiar, da una paz enorme y una fuerza todavía mucho mayor. De ahí, el anuncio valiente y alegre de los apóstoles que contemplamos en estos días en el libro de los Hechos de los Apóstoles. A esto estamos llamados, también nosotros, seguidores de Jesús y hermanos del Baratillo. Un apoyo muy importante para los apóstoles fue María, la madre de Jesús. A Ella, Piedad y Caridad, pidámosle que nos ponga siempre muy cerca de quien es Misericordia para todos los hombres.

N.H. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui

Director Espiritual

Lectura del Evangelio: Miércoles II Semana de Pascua

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (5,17-26):

En aquellos días, el sumo sacerdote y todos los suyos, que integran la secta de los saduceos, en un arrebato de celo, prendieron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública. Pero, por la noche, el ángel del Señor les abrió las puertas de la cárcel y los sacó fuera, diciéndoles:

"Marchaos y, cuando lleguéis al templo, explicad al pueblo todas estas palabras de vida".

Entonces ellos, al oírlo, entraron en el templo al amanecer y se pusieron a enseñar. Llegó entre tanto el sumo sacerdote con todos los suyos, convocaron el Sanedrín y el pleno de los ancianos de los hijos de Israel, y mandaron a la prisión para que los trajesen. Fueron los guardias, no los encontraron en la cárcel, y volvieron a informar, diciendo:

"Hemos encontrado la prisión cerrada con toda seguridad, y a los centinelas en pie a las puertas; pero, al abrir, no encontramos a nadie dentro".

Al oír estas palabras, ni el jefe de la guardia del templo ni los sumos sacerdotes atinaban a explicarse qué había pasado. Uno se presentó, avisando:

"Mirad, los hombres que metisteis en la cárcel están en el templo, enseñando al pueblo".

Entonces el jefe salió con los guardias y se los trajo, sin emplear la fuerza, por miedo a que el pueblo los apedrease.

Palabra de Dios

Salmo Sal 33,2-3.4-5.6-7.8-9

R/. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R/.

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R/.

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles
y los protege.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (3,16-21):

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.

En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Palabra del Señor

COMENTARIO

Creo que es muy aconsejable contemplar la primera lectura de la eucaristía de cada día tomada del Libro de los Hechos de los Apóstoles. Es impresionante ver la fuerza, la vida, la consistencia de aquellos que, experimentando a Jesús Resucitado, ven cómo inevitablemente sus vidas cambian por completo. No se puede seguir igual cuando se conoce la profundidad, la potencia del amor de Dios en el corazón del propio hombre. Conocer el amor de Dios nos introduce en una de las certezas más importantes que podemos tener: el amor de Dios me hace saber inmediatamente que mi verdad se esconde en gustar y dejarme hacer por todo lo que el que me ama de esta manera me pida. Mi verdad se esconde en el proyecto que Aquel que tanto me ama, tiene para mí. Y ese proyecto se hace cada vez más apasionante cuando me doy cuenta de que ese amor me impulsa a entregarme con total confianza, porque sentir y vivir ese amor hace descubrir a la vez que me puedo fiar absolutamente de quien me ama de esta manera.

Los discípulos, sabiendo que Jesús les acompaña y sabiendo que llevaban hacia delante la misión encargada por el mismo Jesús, descubren en su fidelidad a la misión la fortaleza para llevarla a cabo. Y cuando se tiene la mirada puesta en Cristo, no hay dificultad que sea más fuerte que el propio deseo de responder a la misión encomendada. Vemos cómo los apóstoles vencen las dificultades que pretender atar, encarcelar, ocultar el mensaje de la Buena Noticia de la salvación que anuncian. No hay dificultad que no sea vencida cuando hemos puesto la confianza en el Señor y queremos responderles de verdad. Los apóstoles son sacados de la cárcel por el ángel, es decir, Dios siempre va abriendo puertas a quienes llama y va haciendo posible el desarrollo de la misión.

Y nunca se hará con violencia. En la cárcel no hay señal de violencia cuando los guardias van a por los discípulos. La revolución de los seguidores de Jesús, de los que anuncian el evangelio, es de la ternura, la del amor, la de la misericordia, la de la esperanza. Y quien vive enamorado de aquel a quien ama, y sabe que tiene que gritar a los cuatro vientos que ese amor es para todos los hombres, no puede descansar. Si lo deja, pierde, se vacía. Así lo comprobamos en el propio San Pablo.

Los discípulos viven en la luz, porque están traspasados por la luz de Cristo Resucitado. Esa es su fuerza y, por eso, son testigos de verdad y los que los escuchan lo hacen con gusto. El que es de Cristo habla de la verdad del hombre y del camino para poder encontrarla, hacerla propia y transmitirla al descubrir que en ella está la paz y la vida. La gran acogida que la gente da a los apóstoles y contemplar que aquellos que se convierten cambian radicalmente de vida (y a mejor), hace temer a los sumos sacerdotes por la repercusión social del trato dispensado a los discípulos que no se cansan de hablar y predicar. La fuerza de Dios en el corazón del hombre es imparable, ellos lo saben y sólo puede acudir a artimañas para intentar sofocar todo esto. Pero no pueden. El mensaje de la Buena Noticia de la salvación y del amor de Dios ya está en los corazones de los hombres y esto ya no lo para nadie.

Por eso, lee con atención el evangelio de hoy y reflexiónalo despacio. Rézalo con detenimiento y hazlo sabiendo que se dirige a ti completamente. Tanto te amó Dios, que te regaló a su Hijo para que, asemejándote a Él, descubras la riqueza de ser y vivir como hijo de un Padre amoroso. Esta es la vida eterna, descubrir quién eres desde Dios, dejarte amar y conducir por Él, y experimentar la salvación en la comunión total con sus sentimientos.

Dios quiere desde el principio tu salvación. Te ha creado porque te ama y para salvarte. Tu salvación es configurarte y transformarte en otro cristo donde tu vida encuentra su plenitud. Dios nos lo ha dado hecho, no nos pide algo que no seamos capaces de no advertir. Todo lo contrario. Te regala a su Hijo y te dice que viviendo a su estilo será como tu corazón encuentra el camino de la vida. Por eso, el que cree en Jesús no será condenado. Se ha acercado a la luz, se ha dejado iluminar y ha encontrado la paz. El que reacciona ante el bien, ante lo propio del hombre, es el que se condena y hace que la vida de los demás no sea como debe. Cuando no nos comportamos como debemos, no sólo sufrimos nosotros, sino que hacemos sufrir a los demás. El que no obra bien se aleja del que sí lo hace, o busca terminar con aquel que no le deja llevar hacia delante sus planes. Es lo que vemos en la primera lectura. Se acude a lo que sea para intentar aplacar una verdad, que es la propia del hombre y que tiene el peso de hacer que el hombre alcance el sentido fundamental de su vida. Esto es imparable.

Por eso, Jesús, no podía echarse hacia atrás. Él venía a presentar la verdad de Dios que es su deseo de salvación de todos los hombres, sus hijos, y nos enseñó que la verdad siempre vive porque responde al deseo del hombre de todos los tiempos. La felicidad del hombre es Dios y, por eso, nuestra plenitud sólo está en vivir a la manera de su Hijo. Dios te quiere tanto que apuesta por ti, que insiste en su deseo de plenificarte para que, gustándolo, descubras cuánto y cómo te quiere. Que nuestra resurrección en esta pascua sea la que procede del amor de Dios que levanta el corazón y nos nutre con su pasión.

N.H. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui

Director Espiritual

Lectura del Evangelio: II Domingo de Pascua, Domingo de la Divina Misericordia

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (2,42-47):

Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.

Todo el mundo estaba impresionado, y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.

Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando.

Palabra de Dios

Salmo Sal 117,2-4.13-15.22-24

R/. Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia


Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia. R/.

Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos. R/.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (1,3-9):

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final.

Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.

Palabra de Dios

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-31):

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

"Paz a vosotros".

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

"Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo".

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

"Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos".

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

"Hemos visto al Señor".

Pero él les contestó:

"Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo".

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

"Paz a vosotros".

Luego dijo a Tomás:

"Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente".

Contestó Tomás:

"¡Señor mío y Dios mío!"

Jesús le dijo:

"¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto".

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Palabra del Señor

COMENTARIO

En este segundo Domingo de Pascua, celebramos el Domingo de la Divina Misericordia. Al igual que hemos podido contemplar a lo largo de todos los días de esta octava, hoy también nos encontramos con otro evangelio en el que podemos asistir, de nuevo, a una aparición del Resucitado a sus apóstoles. En todas estas apariciones, es Jesús quien toma la iniciativa ante la sorpresa y, a veces, indiferencia de quien le contempla. Seguramente que todos estos episodios le servirían al Señor para ser capaz de ver hasta qué punto había calado su persona y su mensaje en aquellos que estuvieron más cerca de Él durante toda su vida terrena. Los apóstoles también eran débiles como nosotros y cuando llegó el momento de la verdad, no sólo se olvidaron de lo que ya había anunciado por Jesús, sino que, tras los acontecimientos de su Pasión y Muerte, no estuvieron abiertos a la Resurrección. Con la muerte del Maestro, parece que todo había terminado. Hoy de nuevo, el Señor, vuelve a tomar la iniciativa, para presentarse ante sus discípulos, derrotados y temerosos, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Los que estaban del lado ganador, a causa de su falta de fe, vivían como quienes ya no tenían razones para hacer nada. La puerta más clara que habían cerrado era la de la fe en las palabras del maestro, justamente la puerta que nos ayuda a vivir los momentos más cruciales de la vida. Cerrada la puerta de la fe, viene el miedo, la desolación, la angustia, la falta de fidelidad, la apatía, la falta de iniciativa, el pecado, la tibieza, etc. Y todo esto crea una falta de paz grande, porque todo esto esto es sentirse muy lejos de lo que realmente somos.

La paz es el gran don de la Pascua. La paz de saber que todo vuelve a su lugar y con ello, mi propia vida. Saber quién soy y quién me hace ser, saber que, a pesar de mi limitación, hay Quien me sostiene, volver a sentir la alegría de quien me repite que soy importante para Él. Hasta tres veces escuchamos hoy de labios del Señor, este deseo de paz. Interioricemos bien esto, hoy más que nunca, en estos momentos de desasosiego e incertidumbre por los efectos de la pandemia que nos azota. Ante el miedo, como los apóstoles y los interrogantes que puedan surgir, demos más lugar hoy en nuestra oración a estas palabras del Señor. La paz para ti, la paz que es Él mismo, su compañía, su compromiso de "estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo".

Esto nos llena también a nosotros de inmensa alegría y nos tiene que llevar a renovar nuestra confianza en Él. Estamos llamados a saber descubrir la presencia de Dios en medio de nuestra vida, para que así las circunstancias que nos rodean no nos quiten la seguridad de que Jesús Resucitado se encuentra con nosotros y viene a ponerse a nuestro lado. El mismo Jesús, consciente de que ha ocurrido lo más importante en la vida de los apóstoles, que es contemplarlo Resucitado, sabe que ya están preparados para llevar hacia delante la gran misión de la evangelización a todos los hombres. Sólo puede realizarse cuando sé que anuncio a quien está vivo, a quien es tesoro y vida para todos los hombres. No seguimos a quien ha sido derrotado en la cruz, sino a quien Resucitado, sigue enamorado del hombre y sigue llamando a quienes le conocen para que ellos mismos le anuncien.

Y todo esto con la fuerza del Espíritu Santo. Esta obra de Dios, que es la evangelización, sólo puede hacerse de su mano y con su fuerza y aliento. Los discípulos son enviados a compartir la misma misión de Jesús, la predicación del Reino, que sólo puede crecer si nuestro corazón está lleno de la misericordia que permite al hombre sentirse hijo afortunado por tener, sin mérito ninguno y sólo por puro amor, un Padre que, a pesar de todo, ha salido permanentemente a esperarle para revestirle de vida y plenitud. Esta es la herencia, la de la salvación, de la que nos habla San Pedro en la segunda lectura. La pasión de Dios tiene que ver con su deseo de regalarnos salvación, eternidad, amor que nunca tiene fin. Hemos sido enviados por el Señor a predicar la misericordia que nosotros hemos recibido en primer lugar. Nuestra misión es una misión de reconciliación, de ternura, de fraternidad, de perdón, de esperanza. Es una misión de amor, pero del amor que hemos experimentado y sentido que es el que nos fortalece, sostiene y nos hace entender por qué no podemos cansarnos nunca de la misión tan apasionante que el Señor nos ha encomendado. Si el amor de Dios nunca se apaga, nosotros no podemos dejar de anunciarlo en ningún momento.

Quien vive esto de verdad, termina atrayendo a quien lo contempla. La primera lectura nos presenta la primitiva comunidad cristiana que vive alrededor de la predicación apostólica, la fraternidad y la caridad, la Eucaristía y la oración (bien podría ser nosotros la piedad) Si nos damos cuenta, para una misión de misericordia, para una misión en lo que lo más importante no es tanto lo que haga sino lo que diga con lo que Dios ha hecho con mi existencia, los apoyos fundamentales son la Eucaristía, la caridad, la fraternidad y la piedad. ¿Nos suena a nosotros todo esto? La novedad de la vida resucitada llega cuando no me busco, sino que vivo en permanente salida hacia Dios y hacia los demás: el dinamismo propio del amor.

Quienes contemplaban a la primera comunidad, sentían deseos verdaderos de ser y vivir de esa manera. El amor contemplado en la vida de quienes son felices precisamente por vivir amando, enciende el corazón de quien busca la razón de su existencia y sufre por el vacío que experimenta. La misericordia de Dios conmigo me compromete con el propio Dios, a ser mensajero y corazón de misericordia para un mundo, a veces, perdido y metido en rutas, más bien, lejanas de lo que realmente hace que el hombre pueda encontrarse con lo que realmente anhela. Que nuestra vida resucitada sea luz que alumbre a nuestros hermanos el camino de la verdad y la plenitud que sólo se encuentra en el Dios que lleno de misericordia no se cansa de salir a buscar a los que buscan vida y la encuentran en nuestra misericordia, fraternidad y caridad.

N.H. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui

Director Espiritual

Hermandad El Baratillo

Antigua y Fervorosa Hermandad de la Santa Cruz y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Misericordia y Nuestra Señora de la Piedad, Patriarca Bendito Señor San José y María Santísima de la Caridad en su Soledad

 

 

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