Lectura del Evangelio: Miércoles de la Octava de Pascua

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (3,1-10):

En aquellos días, Pedro y Juan subían al templo, a la oración de la hora nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solína colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada "Hermosa", para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo:

"Míranos".

Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo:

"No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo; en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda".

Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que le había sucedido.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 104,1-2,3-4.6-7.8-9

R/. Que se alegren los que buscan al Señor

Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
dad a conocer sus hazañas todos los pueblos.
Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas. R/.

Gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro. R/.

¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R/.

Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. R/.

Secuencia 

(Opcional)

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

Evangelio de mañana

Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,13-35):

Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos setenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido.  Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

"¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?"

Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:

"¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado estos días?"

Él les dijo:

"¿Qué?"

Ellos le contestaron: 

"Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo le entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaron a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron".

Entonces Él les dijo

"¡Qué necios y torpes para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?"

Y, comenzado por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:

"Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída".

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:

"¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?"

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

"Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón".

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

COMENTARIO

Durante toda esta semana, seguimos celebrando el gran domingo pascual. Toda la semana de la octava de Pascua es como un gran domingo que se extiende ocho días, porque es tanto lo que celebramos, que un solo día se quedaría muy corto. Por tanto, seguimos en este gran domingo y, por eso, las lecturas de todos estos días de la Octava nos presentan, sobre todo el evangelio, relatos de la Resurrección de Jesús, para que este misterio que celebramos se afiance, para que contemplemos un acontecimiento tan extraordinario para nosotros que debe ser profundizado y gustado de tal manera, que vivamos afianzados en Jesús resucitado y hagamos experiencia, en nuestra vida, de la propia resurrección de Jesús.

Eso es, justamente, lo que hace que la vida pueda cambiara tanto como lo hace en el caso de los apóstoles. En el día de hoy contemplamos a Juan y a Pedro en el templo. Ven como llega un hombre paralítico (podríamos ser cada uno de nosotros) que, sentado en la Puerta Hermosa, es colocado de día, en ese mismo lugar, para ganar algo de dinero que le permita vivir, que le dé para poder seguir tirando. Cuando alguien está experimentando la alegría de saber que vive en su verdad y que su vida tiene todo el sentido del mundo, es imposible no tener misericordia de quien vive atrapado en su propia historia y, contentándose con tener para seguir tirando, quedarse sentado y pensar que no hay nada que hacer.

Pedro y Juan se pusieron a su lado y le pidieron que les mirara ("Míranos") Y él esperaba recibir lo que pensaba que necesitaba para vivir. La petición de los apóstoles es más importante de lo que parece. Es una invitación a salir de sí mismo, a no mirarse de tal manera que se le olvide que más allá de sí mismo existe horizonte y, por tanto, vida. "Míranos", es la invitación a no quedarse en sí mismo, a compadecerse de sí mismo, a creerse él mismo, que no tiene nada que hacer por cambiar lo que vive. "Míranos" para descubrir algo diferente a la historia que nos podemos contar cada día para justificar lo que hacemos y no salir del agujero o de la oscuridad en la que nos podamos encontrar. "Míranos", porque aunque no lo parezca, más cerca de lo que pensamos hay otras posibilidades y estamos llamados a conocerlas. Ten valor para dejar el paso de lo que te aflige, y créete que hay una vida muy diferente que te espera.

Seguramente, el paralítico pensaría que todo eso llegaría con más dinero ("pensaba que le darían algo"), o con algo que le proporcionara más comodidad y menos sufrimientos. Pero todo cambió. No recibió lo que pensaba que necesitaba, no recibió "cosas", por una vez descubrió que lo más importante no es saciar la sed de tener. "No tengo ni oro ni plata, pero te doy lo que tengo: En nombre de Jesús Nazareno, echa a andar".

Me gustaría saber qué pensaría en ese momento al escuchar a los apóstoles. Pero seguro que su opinión cambiaría cuando viera el resultado de aquello que había recibido. No se trata de tener, sino de ser; no se trata de que yo me conforme con ir tirando, pensando que cualquier cosa me sirve para estar bien. No. El ser del corazón del hombre nunca se llenará de cosas. Sólo lo llena el Señor, Jesús Resucitado. Sólo cuando dejo que su palabra entre en el corazón, enseguida mi corazón despierta ("se levantó") Abrir el corazón a Jesús Nazareno, dejar que llegue a mi vida a través de quien vive de Él y para Él (los discípulos), hace que todo cambie. Para ser feliz no tenemos que pagar, o pensar que necesito cosas. La felicidad está en darle el corazón, y creerme de verdad, que Jesús tiene lo que yo necesito para vivir plenamente. Y esto lo descubrió el paralítico.

Los discípulos de Emaús se encuentran en una situación parecida. La falta de fe trae mucha oscuridad, inseguridad, falta de claridad a la hora de tomar decisiones, pensar que puedo vivir de la misma manera en la que lo hacía, antes de conocer a Jesús. Eso es imposible. Quien ha conocido a Jesús, de verdad, no puede pensar que haya mejor que Él y lo que él puede dar a nuestra vida. Todo le sabrá a poco.

La muerte de Jesús hace que sus seguidores tengan la tentación de separarse y volver a lo anterior. Toda su angustia, su desolación, es resultado de su falta de fe. Lo que están viviendo, ha sido anunciado por el propio Jesús. Cuando vivimos al margen de la Palabra de Dios, y nos metemos en nuestros propios criterios, el resultado no suele ser bueno. Pero Jesús, una vez más, no nos deja. Se coloca al lado de estos hombres desolados, quejosos y decepcionados por lo que se ha vivido. Afirman que Jesús ha sido un gran Profeta ("Nosotros esperábamos que fuera el futuro liberador de Israel"), tenían en Él muchas esperanzas, pero todo eso se ha quedado en nada. ¿Qué pensaría Jesús cuando escuchaba esto? ¿Qué pensará Jesús cuando escuche de nosotros que parece que nos ha olvidado?

La reacción de Jesús no se hace esperar (¡Qué necios y torpes sois!" "Y les explicó lo que se refería a Él en toda la Escritura") El problema no está en Jesús, que anuncia y cumple. El problema está en nosotros que no creemos a Jesús porque queremos un camino fácil, sin dificultades. Nos cuesta morir a nosotros mismos, nos cuesta pensar que es, justamente, en nuestras muertes personales donde podemos encontrar horizontes de verdad y vida más sólida. Sin embargo, tal y como decíamos antes, el que ha experimentado a Jesús no lo olvida y saber percibir su presencia.

Ante el ofrecimiento de los de Emaús a Jesús para que se quede con ellos, él accede. En el momento de partir el pan, lo reconocen y reconocen también que, cuando les hablaba de la Escritura, sus corazones renacían y sentían vida y paz. La palabra de Dios nos abre a la vida y produce en nuestro interior algo que nos hace ponernos de nuevo en nuestro lugar. Sus corazones volvían a arder porque descubrían que el Señor había permanecido fiel, que Él había cumplido, que era realmente el único y verdadero Señor. Esto les lleva a anunciarlo inmediatamente. El que experimenta a Jesús vivo, no espera a anunciarlo. El hombre pascual es aquel que, renunciando a lo que le produce muerte (miedos, la falta de fe, la queja, la dureza de corazón, componendas, egoísmos, comodidades, medias tintas, etc.), encuentra la vida y la fuerza en una Palabra, la de Dios, que saca lo más real y auténtico de nosotros y nos pone en un camino de novedad, de esperanza y fidelidad a quien sobradamente nos ha demostrado que nos amó, nos eligió y nos envión para que otros tantos paralíticos de nuestro mundo se levanten y gusten la misericordia que transforma y da vida.

Nuestra fuerza será justamente saber que nosotros hemos sido esos mismos paralíticos y que sólo Jesús Resucitado es capaz de hacerlo todo nuevo, incluso cada una de nuestras vidas.

N.H. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui

Director Espiritual

Domingo de Resurrección: Lectura del Evangelio

Les ofrecemos la lectura del Evangelio de hoy, la reflexión personal de nuestro Director Espiritual, N.H. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui y finalmente, la carta pastoral de nuestro Arzobispo de la Archidiócesis de Sevilla, Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Juan José Asenjo Pelegrina.

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (10,34a-37-43):

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

"Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.

Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados".

Palabra de Dios

Salmo. Sal 117,1-2.16ab-17.22-23   

R/. Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo


Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. R/.

«La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. R/.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente. R/.

SECUENCIA  

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (3,1-4): 

HERMANOS:

Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también apareceréis gloriosos, juntamente a él.

Palabra de Dios

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,1-9):

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:

"Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto".

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. 

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. 

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no había entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor

Reflexión

Queridos Hermanos:

¡Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo! Con la respuesta al salmo responsorial de la Eucaristía del Domingo de Resurrección, os saludo a todos con la alegría que brota de la contemplación de la victoria de Cristo sobre la muerte. ¡Cristo ha resucitado! Cristo ha vencido las ataduras del pecado y de la muerte y así nos ha abierto a todos el camino de la plenitud. La victoria de Jesús es nuestra victoria. Él nos ha ganado la vida para siempre enseñándonos los elementos esenciales para ello: el amor, el abajamiento, la misericordia, la búsqueda constante de la voluntad del Padre. Cuando vamos por el camino de la verdad, lo que queda es encontrarnos con la verdad con mayúsculas, que es Cristo.

Celebrar la Resurrección de Cristo, en estos momentos de pandemia, tiene, además, un contenido más peculiar si cabe. Nos invita a no caer en la desolación o la desesperanza, porque poner nuestra mirada y confianza en el Señor Resucitado, nos da fuerza para mantenernos en pie, sabiendo que el poder de Cristo es más fuerte que nada y que, unidos a quien vive para siempre para interceder por nosotros, sabremos vivir estos momentos con esperanza. Quien vive de Cristo y para Él, encuentra una fuerza que le sobrepasa, tal y como vemos en la primera lectura. La fuerza de los apóstoles se encuentra en su convicción acerca de Jesús como el único, verdadero y auténtico Señor, en quien se puede confiar, porque mantiene su palabra y hace al hombre vivir con una alegría y un sentido tales, que tienen que proclamarlo sin miedo a lo que pueda ocurrir.

Mejor dar la vida para que otros la encuentren (precisamente como hace Jesús), que callar consintiendo que los hombres no descubran el camino de la verdad. La fuerza realmente está en la identificación con la persona de Cristo que hace que el hombre sea capaz de llegar más allá de donde imagina. La fuerza del hombre es Cristo resucitado y su comunión con Él. Por eso mismo, la segunda lectura invita a buscar siempre los bienes de arriba. A vivir desde lo que nos mantiene cerca y unidos a Cristo. En los bienes espirituales, hay camino que merezca la pena. En los del mundo, esclavitud y tristeza.

Contemplar, desde el evangelio, la tumba vacía, el sepulcro abierto, es la expresión de que Dios nunca va de farol con el hombre. Jesús anunció su pasión, pero también su Resurrección. Como los apóstoles, algunas ocasiones nos damos cuenta, a posteriori, de que Jesús es leal y cumple con lo que dice. Juan, después de ver el sepulcro vacío, es cuando da credibilidad a las palabras de Jesús. Esto, para nosotros, es hoy una invitación a no dudar un instante del Señor en nuestra vida y a saber que siempre puedo estar seguro de su presencia en mi vida. Porque, resucitado, vive para siempre para guardarte, amarte y protegerte.

He creído conveniente terminar estas reflexiones, que os he enviado durante toda esta semana, con la carta pastoral de nuestro querido Sr. Arzobispo. Como sabéis, cada semana D. Juan José escribe a toda la Archidiócesis ilustrándonos con sabiduría sobre diferentes aspectos que tienen que ver con nuestra fe. Como no podía ser de otra manera, este domingo felicita a todos los fieles la Pascua. Leámosla con cariño y atención.

Por último, quiero agradecer a nuestro Hermano Mayor y a su Junta de Gobierno, la oportunidad que me ha dado de poder dirigirme a vosotros cada día de esta Semana Santa. Nuestra intención ha sido intentar ayudar y llenar espiritualmente este tiempo de gracia, estar cerca de todos los hermanos, y haceros sentir que vuestra Hermandad quería acompañaros en esta Semana Santa tan especial que hemos vivido. Pero, especialmente, quiero agradecer a N.H.D. Luis Fernando Rodríguez Carrillo y a N.H.D. Francisco Javier Rodríguez Galán, su trabajo enorme en estos días, dedicados a hacer posible que la labor que se ha hecho desde la Hermandad, pudiera llegar a todos vosotros. Gracias de corazón y que el Señor de la Misericordia os bendiga y Nuestra Madre de la Piedad y Caridad os proteja siempre.

A partir de ahora, seguiré dirigiéndome a vosotros tal y como lo hacía antes de la Semana Santa. Cada miércoles y domingo, enviaré algunas notas que nos ayuden a vivir, desde el Señor, este tiempo de Pascua tan bonito y apasionante. ¡Feliz Pascua de Resurrección! Que el Señor os bendiga a todos.

Un abrazo.

N.H. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui

Director Espiritual

 

Carta Pastoral del Sr. Arzobispo

¡CRISTO HA RESUCITADO, ALELUYA!

 

 Queridos hermanos y hermanas:

Este es el mensaje de la Pascua cristiana, la Buena Noticia que la Iglesia viene proclamando desde hace veinte siglos; desde aquella mañana del primer día de la semana en que Pedro y Juan encuentran vacío el sepulcro de Jesús; desde aquella madrugada en que las piadosas mujeres que van a embalsamar su cadáver, reciben del ángel este mensaje alentador: "No esta aquí. Ha resucitado".

Esta es la gran noticia que la Iglesia tiene el deber de anunciar al mundo en esta mañana de Pascua. Esta es la magnífica noticia que cambia el curso de la historia porque significa que la vida ha triunfado sobre la muerte, la justicia sobre la iniquidad, el amor sobre el odio, el bien sobre el mal, la alegría sobre el abatimiento, la felicidad sobre el dolor, y la bienaventuranza sobre la maldición, y todo ello porque Cristo ha resucitado.

La Resurrección del Señor es la obra maestra de la Trinidad Santa, "la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, -como nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica- creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, predicada por los Apóstoles como parte esencial del Misterio Pascual, transmitida como fundamental por la Tradición y abiertamente afirmada en los documentos del Nuevo Testamento". Sin la Resurrección, Jesús sería el mayor impostor de la historia de la humanidad y el cristianismo el más burdo fraude cometido jamás. La resurrección es el sello de garantía de la persona, la obra y la doctrina de Jesús. Para nosotros es un manantial inagotable de seguridad y confianza. Gracias a la Resurrección del Señor sabemos que nuestra fe no es una quimera y que el objeto de nuestro amor no es un fantasma, sino una persona viva, que está sentada a la derecha de Dios.

La consecuencia más importante de la Resurrección del Señor es nuestra futura resurrección. Si Jesús ha resucitado, también nosotros resucitaremos. El Catecismo nos dice que después de su Muerte, el Señor bajó al seno de Abrahán para liberar a los justos anteriores a Él y abrirles las puertas del cielo. Ojalá que en esta Pascua, al mismo tiempo que sentimos muy a lo vivo la alegría inmensa que brota de la resurrección del Señor, experimentemos también intensamente la emoción que nace espontánea de la aceptación de esta verdad original del cristianismo: somos ciudadanos del cielo, al que estamos llamados y cuyas puertas nos ha abierto el Señor en su Resurrección de entre los muertos.

La liturgia de estos días nos invita a sacar las consecuencias que la Resurrección del Señor entraña para nuestra vida cristina: Ya que habéis resucitado con Cristo, -nos dice san Pablo- buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. La esperanza en la Resurrección debe ser fuente de consuelo, de paz y fortaleza ante las dificultades, ante el sufrimiento físico o moral, cuando surgen las contrariedades, los problemas familiares, profesionales o económicos, cuando a nosotros o a nuestros seres queridos nos visita el dolor o la enfermedad.

La esperanza en la resurrección es además fuente de sentido en nuestro devenir. Un cristiano no puede vivir como aquel que ni cree ni espera, o en el mejor de los casos cree que después de la muerte sólo existe la nada. Porque Cristo ha resucitado, nosotros creemos y esperamos en la vida eterna, en la que viviremos dichosos con Cristo y con los Santos. Esta perspectiva que es fruto de la Pascua, debe marcar, determinar y configurar nuestro presente, nuestra forma de pensar y nuestro modo de vivir, sabiendo que somos peregrinos, que no tenemos aquí una ciudad estable y permanente, pues nuestra verdadera patria es el cielo.

La perspectiva de la resurrección define e ilumina nuestra vida, la nutre y llena de esperanza y alegría. De todo ello se privan quienes no creen en la resurrección y en la vida eterna, artículo capital de nuestra fe. Aspiremos a los bienes de arriba y no a los de la tierra, vivamos ya desde ahora el estilo de vida del cielo, el estilo de vida de los resucitados, es decir, una vida de piedad sincera, alimentada en la oración, en la escucha de la Palabra, en la recepción de los sacramentos, singularmente la penitencia y la Eucaristía y en la vivencia gozosa de la presencia de Dios; una vida alejada del pecado, de la impureza, del egoísmo y de la mentira; una vida pacífica, honrada, austera, sobria, fraterna, edificada sobre la justicia, la misericordia, el perdón, el espíritu de servicio y la generosidad; una vida, en fin, asentada en la alegría y en el gozo de sabernos en las manos de nuestro Padre Dios y, por ello, libres ya del temor a la muerte. Este es mi deseo para todos los diocesanos en esta Pascua.

Un abrazo fraterno y mi bendición.

Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

 

Sábado Santo: Oración y reflexión

Querido Hermano:

Para la oración y reflexión de este día, te propongo dos textos diferentes. Puedes detenerte en uno sólo o en los dos, como creas conveniente. El primero es el que se contiene en el libro de la Liturgia de las Horas, que rezamos cada día los sacerdotes y religiosos. El segundo, es una meditación acerca de este día, Sábado Santo, que estamos viviendo hoy. El Sábado Santo es un día de silencio, de contemplación, de esperanza. El Sábado Santo es la jornada de tránsito que nos conduce de lo acaecido en el Calvario a lo que cambia la vida del ser humano sobre esta tierra: el anuncio de Cristo vencedor del pecado y de la muerte.

Por eso, se entienden perfectamente las palabras de Benedicto XVI, entonces Card. Ratzinger: "esto es el sábado santo: el día del ocultamiento de Dios, el día de esa inmensa paradoja que expresamos en el credo con las palabras "descendió a los infiernos", descendió al misterio de la muerte (…) El Misterio más oscuro de la fe es, simultáneamente, la señal más brillante de una esperanza sin fronteras. Todavía más: a través del silencio mortal del sábado santo, pudieron comprender los discípulos quién era Jesús realmente y qué significaban verdaderamente su mensaje. Dios debió morir por ellos para poder vivir de verdad ellos".

Primer Texto:

De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado

(PG43, 439. 451. 462-463)

EL DESCENSO DEL SEÑOR A LA REGIÓN DE LOS MUERTOS

¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos.

En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; Dios y su Hijo van a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él.

El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: "Mi Señor está con todos vosotros". Y responde Cristo a Adán: "y con tu espíritu". Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: "Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo.

Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: "Salid", y a los que estaban en tinieblas: "Sed iluminados", y a los que estaban adormilados: "Levantaos".

Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mi y yo en ti somos una sola cosa.

Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo; por ti, siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo; por ti, yo, que estoy encima de los cielos, vine a la tierra, y aun bajo tierra; por ti, hombre, vine a ser como hombre sin fuerzas, abandonado entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco, fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en un huerto.

Mira los salivazos de mi rostro, que recibí, por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorado. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido.

Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; mas he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti. Puse a los ángeles a tu servicio, para que te guardaran; ahora hago que te adoren en calidad de Dios.

Tienes preparado un trono de querubines, están dispuestos los mensajeros. construido el tálamo, preparado el banquete, adornados los eternos tabernáculos y mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes, y preparado desde toda la eternidad el reino de los cielos".

Segundo Texto:

SÁBADO SANTO. PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR

La sepultura del cuerpo de Jesús.

I.- Señales que siguieron a la muerte de Nuestro Señor. La lanzada. El descendimiento.

II.- Preparación para la sepultura. Valentía y generosidad de Nicodemo y José de Arimatea.

III.- Los Apóstoles junto a la Virgen.

I.- Después de tres horas de agonía Jesús ha muerto. Los evangelistas narran que el cielo se oscureció mientras el Señor estuvo pendiente de la cruz, y ocurrieron sucesos extraordinarios, pues era el Hijo de Dios quien moría. El velo del templo se rasgó de arriba abajo, significando que, con la muerte de Cristo, había caducado el culto de la Antigua Alianza; ahora, el culto agradable a Dios se tributa a través de la Humanidad de Cristo, que es Sacerdote y Víctima.

La tarde del viernes avanzaba y era necesario retirar los cuerpos; no podían quedar allí el sábado. Antes que luciera la primera estrella en el firmamento, debían estar enterrados. Como era la Parasceve (el día de la preparación de la Pascua), para que no quedaran los cuerpos en la cruz, pues aquel sábado era un día grande, los judíos rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitasen. Este envió unos soldados que quebraron las piernas de los ladrones, para que murieran más rápidamente. Jesús ya estaba muerto, pero uno de los soldados le abrió el costado con la lanza, y al instante brotó sangre y agua.

Este suceso, además del hecho histórico que presenció San Juan, tiene un profundo significado. San Agustín y la tradición cristiana ven brotar los sacramentos y la misma Iglesia del costado abierto de Jesús: "Allí se abría la puerta de la vida, de donde manaron los sacramentos de la Iglesia, sin los cuales no se entra en la verdadera vida..." . La Iglesia "crece visiblemente por el poder de Dios. Su comienzo y crecimiento están simbolizados en la sangre y el agua que manaron del costado abierto de Cristo crucificado". La muerte de Cristo significó la vida sobrenatural que recibimos a través de la Iglesia.

Esta herida, que llega al corazón y lo traspasa, es una herida de superabundancia de amor que se añade a las otras. Es una manera de expresarlo que ninguna palabra puede ya decir. María comprende y sufre, como Corredentora. Su Hijo ya no la pudo sentir, Ella sí. Y así se acaba de cumplir hasta el fina la profecía de Simeón: una espada traspasará tu alma.

Bajaron a Cristo de la cruz con cariño y veneración, y lo depositaron con todo cuidado en brazos de su Madre. Aunque su Cuerpo es una pura llaga, su rostro está sereno y lleno de majestad. Miremos despacio y con piedad a Jesús, como le miraría la Virgen Santísima. No sólo nos ha rescatado del pecado y de la muerte, sino que nos ha enseñado a cumplir la voluntad de Dios por encima de todos los planes propios, a vivir desprendidos de todo, a saber perdonar cuando el que ofende ni siquiera se arrepiente, a saber disculpar a los demás, a ser apóstoles hasta el momento de la muerte, a sufrir sin quejas estériles, a querer a los hombres aunque se esté padeciendo por culpa de ellos... "No estorbes la obra del Paráclito: únete a Cristo, para purificarte, y siente, con Él, los insultos, y los salivazos, y los bofetones... y las espinas, y el peso de la muerte..., y los hierros rompiendo tu carne, y las ansias de una muerte en desamparo...".

"Y métete en el costado abierto de Nuestro Señor hasta hallar cobijo seguro en su llagado Corazón". Allí encontraremos la paz. Dice San Buenaventura, hablando de ese vivir místicamente dentro de las llagas de Cristo: "¡Oh, qué buena cosa es estar con Jesucristo crucificado! Quiero hacer en Él tres moredas: una, en los pies; otra, en las manos, y otra perpetua en su precioso costado. Aquí quiero sosegar y descansar, y dormir y orar. Aquí hablaré a su corazón y me ha de conceder todo cuanto le pidiera. ¡Oh, muy amables llagas de nuestro piadoso Redentor! (…) En ellas vivo, y de sus manjares me sustento".

Miramos a Jesús despacio y, en la intimidad de nuestro corazón, le decimos: ¡Oh buen Jesús!, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. Nos permitas que me aparte de Ti. Del maligno, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame. Y mándame ir a Ti, para que con tus Santos te alabe. Por los siglos de los siglos".

II.- José de Arimatea, discípulo de Jesús, hombre rico, influyente en el Sanedrín, que ha permanecido en el anonimato cuando el Señor es aclamado por toda Palestina, se presenta a Pilato para hacerse cargo del Cuerpo del Señor. Se dispone a pedirle "la más grande demanda que jamás se ha hecho: el Cuerpo de Jesús. el Hijo de Dios, el tesoro de la Iglesia, su riqueza, su enseñanza y ejemplo, su consuelo, el Pan con que debía alimentarse hasta la vida eterna. José, en aquel momento, representaba con su petición el deseo de todos los hombres, de toda la Iglesia, que necesitaba de Él para mantenerse viva eternamente".

También, en estos momentos de desconcierto, cuando los discípulos, excepto Juan, han huido, hace su aparición otro discípulo de gran relieve social, que tampoco ha estado presente en las horas de triunfo. Llegó Nicodemo, el mismo que había venido a Él de noche, trayendo una mezcla de mirra y áloe, como de cien libras. ¡Cómo agradecería la Virgen la ayuda de estos dos hombres: su generosidad, su valentía, su piedad! ¡Cómo se lo agradecemos también nosotros!

El pequeño grupo que, junto a la Virgen y a las mujeres de las que hace especial mención el Evangelio, se hicieron cargo de dar sepultura al Cuerpo de Jesús, tienen poco tiempo a causa de la fiesta del día siguiente, que comenzaba al atardecer de ese día. Lavaron el Cuerpo con extremada piedad, lo perfumaron (la cantidad de perfumes que trajo Nicodemo era muy grande: como cien libras), lo envolvieron en un lienzo nuevo que compró José y lo depositaron en un sepulcro excavado en la roca, que era del propio José y que no había utilizado para ningún otro cuerpo. Cubrieron su cabeza con un sudario.

¡Cómo envidiamos a José de Arimatea y a Nicodemo! ¡Cómo nos gustaría haber estado presentes para cuidar con inmensa piedad del Cuerpo del Señor!: "Yo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor..., lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones..., lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí Señor, descansad! "Cuando todo el mundo os abandone y desprecie..., servían! os serviré, Señor".

No debemos olvidar un solo día que, en nuestros sagrarios, está Jesús, ¡vivo!, pero tan indefenso como en la Cruz, o como después en el Sepulcro. Cristo se entrega a su Iglesia y a cada cristiano para que el fuego de nuestro amor lo cuide y lo atienda lo mejor que podamos, y para que nuestra vida limpia lo envuelva como aquel lienzo que compró José. Pero además de esas manifestaciones de nuestro amor, deber haber otras que quizás exijan de nuestro dinero, de nuestro tiempo, de nuestro esfuerzo: José de Arimatea y Nicodemo no escatimaron esas otras muestras de amor.

III.- El Cuerpo de Jesús yacía en el sepulcro. El mundo ha quedado a oscuras. María era la única luz encendida sobre la tierra. "La Madre del Señor -mi Madre- y las mujeres que han seguido al Maestro desde Galilea. después de observar todo atentamente, se marchan también". Cae la noche.

"Ahora ha pasado todo. Se ha cumplido la obra de nuestra Redención. Ya somos hijos de Dios, porque Jesús ha muerto por nosotros y su muerte nos ha rescatado. "Empti enim estis preti magno! (1 Cor 6, 20). tú y yo hemos sido comprados a gran precio".

"Hemos de hacer nuestra la vida y la muerte de Cristo. Morir por la mortificación y la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor. Y seguir entonces los pasos de Cristo, con afán de corredimir a todas las almas".

"Dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una misma cosa con Él". No sabemos dónde estaban los Apóstoles aquella tarde, mientras dan sepultura al Cuerpo de Señor. Andarían perdidos, desorientados y confuso, sin rumbo fijo, llenos de tristeza.

Si el domingo ya se les ve de nuevo unidos es porque el sábado, quizá la misma tarde del viernes, han acudido a la Virgen. Ella protegió con su fe, su esperanza y su amor a esta naciente Iglesia, débil y asustada. Así nació la Iglesia: al abrigo de nuestra Madre. Ya desde el principio fue Consoladora de los afligidos, de quienes estaban en apuros. Este sábado, en el que todos cumplieron el descanso festivo según manda la ley, no fue para Nuestra Señora un día triste: su Hijo ha dejado de sufrir. Ella aguarda serenamente el momento de la Resurrección; por eso, no acompañará a las santas mujeres a embalsamar el Cuerpo muerto de Jesús.

Siempre, pero de modo particular si alguna vez hemos dejado a Cristo y nos encontramos desorientados y perdidos por haber abandonado el sacrificio y la Cruz como los Apóstoles, debemos acudir enseguida a esa luz continuamente encendida en nuestra vida que es la Virgen Santísima. Ella nos devolverá la esperanza. "Nuestra Señora es descanso para los que trabajan, consuelo de los que lloran, medicina para los enfermos, puerto para los que maltrata la tempestad, perdón para los pecadores, dulce alivio de los tristes, socorro de los que la imploran". Junto a Ella nos disponemos a vivir la inmensa alegría de la Resurrección.

N.H. Rvdo Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui

Director Espiritual

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