Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (2, 14a.36-41):

El día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y declaró: "Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías".

Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: "¿Qué tenemos que hacer, hermanos?"

Pedro les contestó: "Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro".

Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo: "Salvaos de esta generación perversa".

Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

Palabra de Dios

Salmo Sal 22, 1-3a.3b-4.5.6

R/. El Señor es mi pastor, nada me falta

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. R/.

Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (2,20-25):

Queridos hermanos:

Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios.

Pues para esto habéis sido llamados, porque también Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente. Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados. Pues andabais errantes como ovejas, pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas.

Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (10, 1-10):

En aquel tiempo, dijo Jesús:

"En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños".

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

"En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante".

Palabra del Señor

COMENTARIO

El IV Domingo de Pascua, domingo del Buen Pastor, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Por su importancia, os invito a acercaros a la Carta Pastoral que, con este motivo, ha escrito nuestro Arzobispo. Cada proyecto de Dios sobre cada uno de nosotros, es una invitación a sentirnos buenos pastores de los demás. Es una invitación a cuidar los unos de los otros. Y eso sólo puede significar, llevar a todos al aprisco del amor de Dios. Ese amor nos lo ha manifestado su Hijo Jesucristo, Puerta y Buen Pastor.

Jesús es la puerta de la felicidad, del sentido. Jesús es quien nos muestra el camino para que podamos experimentar el gozo de sentirnos ovejas acompañadas, sanadas, alimentadas por el Buen Pastor que ha venido a traernos la vida en abundancia. Recemos por las vocaciones, por todas y cada una de ellas. Cada una es necesaria para que el gran aprisco del Reino de Dios pueda crecer y, para ello, todos nosotros tenemos puesta una semilla en nuestro corazón que, alimentada con el agua de la Gracia y de nuestra repuesta a lo que Dios nos pide a cada uno desde la vocación recibida, va creciendo y haciendo posible un mundo nuevo. Todas las vocaciones son necesarias en la Iglesia. Pidamos por la fidelidad de cada uno de nosotros en la vivencia de nuestra vocación. De la fidelidad y la pasión con la que vivamos dependerá que otros se sientan llamados a hacerlo al descubrir en nuestra manera de vivir lo que su corazón le está pidiendo. Pedir por las vocaciones es pedir por la viveza de nuestra Iglesia, es pedir por la felicidad de todos aquellos que buscan autenticidad para su existencia y están llamados a encontrar el proyecto que Dios les regala para servir a los hombres y anunciar la Buena Noticia del Evangelio.

Pidamos de manera especial por las vocaciones sacerdotales. Siguen haciendo falta sacerdotes santos y entregados. Pidamos por nuestros seminaristas, por todos los sacerdotes. Y pidamos también por aquellos jóvenes que se plantean, en estos momentos en los profundo de su corazón, responder a la llamada que el Señor les está haciendo para que le sigan en el ministerio sacerdotal. Que todos sus interrogantes y resistencias sean vencidos por el convencimiento que da el saberse llamado por Dios a algo que, con mucho, supera lo que, a veces, pensamos que nos hará felices. En lo profundo del corazón hay una certeza y una seguridad de que el Señor ya ha puesto su mirada sobre uno mismo y sabe que puede fiarse totalmente. Recibir una llamada como esta pone la vida patas arriba y lleva a buscar la verdad en el amor y la permanente entrega a Dios y a los hermanos.

N.H. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui, Director Espiritual

 

Carta pastoral del Sr. Arzobispo

Queridos hermanos y hermanas:

El domingo IV de Pascua, que hoy celebramos, es conocido como el domingo del Buen Pastor. El evangelio nos presenta a Jesucristo como el pastor que llama y reúne a sus ovejas, las conoce por su nombre, las cuida, guía y conduce a frescos pastizales, busca a la oveja perdida y, en su inmolación pascual, da la vida por sus ovejas, siendo al mismo tiempo modelo y espejo de los pastores de la grey que Él adquirió con su sangre.

En este domingo celebramos también la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. En ella se nos recuerda que, en la tarea salvadora que nace del misterio pascual, el Buen Pastor necesita colaboradores. A través de humildes instrumentos humanos, el Señor ha de seguir predicando, santificando, perdonando los pecados, sanando las heridas físicas y morales, consolando a los tristes, enseñando a los ignorantes y acompañando a quien se siente solo y abandonado. Son las distintas vocaciones que el Espíritu suscita en su Iglesia para seguir cumpliendo la misión del Buen Pastor, viviendo como Él en castidad, pobreza y obediencia, al servicio del Pueblo de Dios.

En esta Jornada damos gracias a Dios por la vida y el testimonio de tantos sacerdotes y consagrados, que en el ministerio pastoral, en la oración, el trabajo y el silencio del claustro, en el servicio a los pobres y marginados, en el acompañamiento a los enfermos y ancianos y en la escuela católica están gastando generosamente su vida al servicio de Dios y de sus hermanos. Es incalculable la riqueza que aporta a la Iglesia el don del ministerio sacerdotal y de la vida consagrada en sus múltiples carismas e instituciones. Que en esta Jornada y siempre les acompañemos con el afecto y la oración para que sean fieles a la llamada recibida y el Señor nos conceda muchas, santas y generosas vocaciones para gloria de Dios y bien de la Iglesia.

Consciente de que la oración es el alma de la pastoral vocacional, invito a todos los fieles de la Archidiócesis a pedir insistentemente, hoy y todos los días, "al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" . Os pido también que os impliquéis en esta pastoral, que es tarea de toda la comunidad cristiana, especialmente de los sacerdotes, consagrados, catequistas, educadores y padres. Las familias cristianas han sido siempre el manantial del que han surgido las vocaciones. Un clima familiar sereno, alegre y piadoso, iluminado por la fe, en que se acoge y celebra el don de la vida, y en el que se vive la comunión y la unidad entre sus miembros, favorece el florecimiento vocacional. De ahí la relación estrecha entre la pastoral vocacional y la pastoral familiar.

Me dirijo ahora a los sacerdotes y consagrados de nuestra Archidiócesis, a quienes urge antes que a nadie esta pastoral preciosa. Invitad a los jóvenes a plantearse su futuro vocacional, orad con vuestras comunidades por las vocaciones, y sobre todo, procurad que vuestra vida sencilla, entregada, pobre, casta y alegre, suponga una invitación tácita para que muchos jóvenes se decidan a seguir nuestra vocación.

No puedo concluir sin decir una palabra a los jóvenes de nuestra Archidiócesis. Queridos jóvenes: Estáis viviendo una etapa trascendental, en la que tratáis de diseñar vuestro futuro. Yo os propongo un camino apasionante y fecundo para vuestra realización personal: seguir a Jesús en el sacerdocio o en la vida consagrada. Como san Pablo después de su conversión, preguntad también vosotros al Señor: "¿Qué quieres que haga?", ¿qué quieres que haga con la vida que me has regalado?, ¿qué quieres que haga por Ti?, y mostradle vuestra entera disponibilidad, sin planes previos y con una gran confianza.

Un amigo de Jesús no organiza su existencia sin contar con el Señor. Las grandes decisiones sobre nuestro futuro hemos de tomarlas con Él, con espíritu de fe, obediencia y amor, arriesgándonos a ponernos a su alcance para que Él tome y conquiste nuestra vida, la convierta, posea y oriente al servicio del Evangelio, de la Iglesia y de los hermanos. Esta es la única forma de no equivocarse y acertar en un asunto tan importante. Esta es la puerta estrecha que da acceso a la felicidad, de la mano del Señor y guiados por su Espíritu. Es la mejor forma de emplear la vida, dignificada por la llamada del Señor, guiada y poseída por Él, y abierta a los hermanos con su mismo amor.

Él nos ha dicho que "no hay amor más grande que el de aquel que da la vida por sus amigos". Él ha prometido recompensar con el ciento por uno a quien entregue su vida por Él y por el Evangelio. A Él le pido que os conceda corazón generoso, oído de discípulo y labios de mensajero para que Cristo sea conocido y amado.

Para vosotros y para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla

 

 

FIESTA DE SANTA CATALINA DE SIENA (PATRONA DE EUROPA)

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (1,5-2,2):

Os anunciamos el mensaje que hemos oído a Jesucristo: Dios es luz sin tiniebla alguna. Si decimos que estamos unidos a él, mientras vivimos en las tinieblas, mentimos con palabras y obras. Pero, si vivimos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos unidos unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia los pecados. Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somo sinceros. Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y no poseemos su palabra. Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

Palabra de Dios

Salmo Sal 102,2.3-4.8.10

R/. Bendice, alma mía, al Señor.

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. R/.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura. R/.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo. R/.

Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles; porque él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro. R/.

Pero la misericordia del Señor dura siempre, su justicia pasa de hijos a nietos, para los que guardan la alianza. R/.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,25-30):

En aquel tiempo, exclamó Jesús: "Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera".

Palabra del Señor

COMENTARIO

Celebramos en el día de hoy la Fiesta de Santa Catalina de Siena. Fue una santa que desde su infancia y juventud ya sentía un enorme amor por el Señor. Constantemente buscaba momentos para quedarse a solas con Él. Una experiencia importante en su vida constituyó la contemplación de la Pasión de Cristo. Tanto es así que recibió en su cuerpo las llagas del Señor, muriendo muy joven en Roma.

Dios es luz sin tiniebla alguna, dice hoy la primera lectura. Dios es luz y hace vivir en la luz a quienes le siguen y le dan el corazón. La gracia que Dios da ilumina, conforta, construye, etc. Quien conoce al Señor experimenta en su propia vida una luz enorme que tiene que ver con una claridad concreta y particular. La luz que Dios regala es la luz de saber lo que soy, lo que quiero hacer, lo que me ayuda a crecer y lo que me aparta del camino de la verdad y autenticidad que todos buscamos. La luz del Señor tiene que ver con la paz de sentirse hijo, de sentirse en el camino, de saber que la vida tiene un sentido y que lo tiene en la medida en que me dejo iluminar por el Señor que me creó para sí. La luz de saber que voy creciendo en solidez cuando me dejo hacer por un amor que he descubierto y del que me fio en totalidad. Todo esto transforma la vida, por eso, no podemos vivir en la luz si nuestros actos contradicen todo esto. Dios quiere hacernos luz y nosotros caminamos en tinieblas. Y dice el apóstol que no podemos decir que conocemos a Dios si vivimos en tinieblas. O no lo conocemos, o no nos importa lo suficiente.

De todas formas, el mismo apóstol sabe que podemos caer. En la misericordia, en el arrepentimiento, en el deseo de mejora está la puerta de nuestra salvación. Sólo cuando nos abrimos a la luz de la ternura de Dios, de su abrazo que repara y rehace, sólo cuando reconocemos que lejos del Señor no soy nadie, pero Él me sigue queriendo y me perdona, es cuando se fortalece nuestra opción por Él. Dios responde con amor porque no puede dejar de ser fiel a sí mismo y ser fiel con nosotros. Él siempre nos ama. Somos nosotros los que nos cerramos y caminamos a nuestro aire.

El Señor en el evangelio, da gracias al Padre ante la alegría que traen los discípulos después de estar anunciando el evangelio. Vienen contentos por todas las cosas que se han producido. Realmente ven la fuerza de la palabra de Dios, el eco que la gracia de Dios tiene en el corazón de quien les escucha y se ponga a tiro. Dios nos sorprende, nos sobrepasa y nos hace sentir muy pequeños cuando somos conscientes de que Él está actuando a través de nuestra pobreza. Por eso, Jesús da gracias al Padre, porque son los sencillos, los pobres, los que están recibiendo la mejor de las noticias. Ellos son la prioridad del anuncio del evangelio. Son los primeros para el Padre bueno. Los que no valen a los ojos del mundo, sin embargo, son los primeros para Dios y se sienten dichosos por ello. Los discípulos se alegran viendo cómo Dios entra en el corazón de quienes se abren con sinceridad al anuncio del evangelio y experimentan así que sus vidas tienen sentido y horizonte para seguir creyendo e ilusionarse con Quien, sin poder dar nada a cambio, ha apostado tanto por ellos y los ha llenado de vida.

Jesús es el descanso del hombre. Jesús se interesa por todos nosotros y está dispuesto a ayudarnos en la tarea de llevar hacia delante todo lo que tiene que ver con nuestra vida ("Venid a mí...") El cansancio y el agobio son causados por buscar la paz y la alegría donde no se encuentran. Sólo Jesús alivia nuestro cansancio provocado por nuestro pecado, por nuestra mentira, por querer vivir lejos de lo que nos hace crecer. El peor cansancio es el provocado por no vivir en nuestra verdad. Muchas veces, sentimos vacíos profundos que no somos capaces de identificar bien. En ocasiones, parecen no tener causa conocida. Estos vacíos hablan de la necesidad de llenar de Dios nuestra vida. Nos cansa mucho y nos deja sin vida, vivir sin saber para qué, sin tener metas, sin saber que soy maravillosamente amado por Dios. El Señor te pide que te acerques a Él, que te dejes atrapar por Él y le pongas en tu vida.

Por eso, el yugo y la carga de Jesús no son pesados, todo lo contrario. La humildad y la sencillez nos hacen ponernos en nuestro sitio, en nuestro lugar. Sólo cuando reconozco y acepto que en Dios se halla mi fuerza y mi salvación, sólo cuando descubro que mi felicidad depende de hacer mía la forma de ser de Cristo, sólo cuando estoy dispuesto a dejar de lado lo que me esclaviza en mis deseos de ser de verdad, es cuando me libero del peso de la mentira y me doy cuenta de la luz, la alegría y la felicidad que Jesús trae a mi vida.

N.H. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui

Director Espiritual

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (2,14,22-33):

El día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró:

"Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras.

A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él:

"Veía siempre al Señor delante de mí, pues está a mi derecha para que no vacile. Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada. Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción. Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro".

Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios "le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo", previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que "no la abandonará en el lugar de los muertos" y que "su carne no experimentará corrupción". A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.

Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo".

Palabra de Dios

Salmo Sal 15,1-2.5.7-8.9-10.11

R/. Señor, me ensenarás el sendero de la vida.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Yo digo al Señor: "Tú eres mi Dios". El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano. R/. 

Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. R/.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa esperanzada. Porque no me abandonarás en la región de los muertos, ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R/.

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro !1,17-21):

Queridos hermanos:

Puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios.

Palabra de Dios

Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,13-35):

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iba caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. 

Él los dijo:

"¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?" Ellos se detuvieron con aire entristecido, y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?"

Él les dijo: "¿Qué?"

Ellos le contestaron:

"Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron".

Entonces él les dijo: "¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?"

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: "Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída". Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:

"¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?"

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

"Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón".

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

COMENTARIO

La primera lectura de este domingo sigue una continuidad con el tono de las lecturas de estos días de pascua. Los apóstoles siguen dando fiel, valiente y alegre testimonio de la resurrección de Jesús. En este caso, se narra la predicación de Pedro el día de Pentecostés. Jesús, a quien los que escuchan han asesinado, ha resucitado y es Señor de la historia y de nuestra vida. Y lo atestigua además con la promesa hecha a David. La Resurrección está dentro de los planes de Dios que han sido proclamados por los profetas a lo largo de las Escrituras.

El evangelio que proclamamos este domingo da testimonio de todo esto. Jesús ha resucitado, pero no es descubierto por los suyos. Los discípulos de Emaús se encuentran en una situación personal de derrota. La falta de fe trae mucha oscuridad, inseguridad, falta de claridad a la hora de tomar decisiones. El camino de estos apóstoles puede parecerse, en algunas ocasiones, al mismo que nosotros podemos hacer en nuestra vida. A veces, podemos abandonar nuestra Jerusalén, es decir, nuestros deseos de vida de verdad, nuestros compromisos que nos hacen crecer, nuestros sueños que nos empujan a seguir hacia delante y creyendo en todo lo que puedo aportar. Podemos abandonar incluso al Señor y eso nos debilita, nos quita la vida, nos vuelve tristes. En definitiva, todo lo que me hace vivir e ilusionarme con el horizonte que tengo por delante.

Pero, en medio de todo ese camino, surgen dificultades, contratiempos, etc., que me llevan a replanteármelo todo e incluso ir hacia Emaús, es decir, tirar a lo fácil, abandonarlo todo, desconfiar de mí mismo, pensar que nunca voy a poder ser de verdad como deseo. Y esto apaga profundamente nuestro corazón, oscurece muchísimo nuestra existencia, nos mete en nosotros mismos y no queremos escuchar nada que me saque de la situación en la que encuentro, aunque no me guste. Parece que todo ha terminado y abandono mis deseos de demostrarme, de verdad, que soy capaz de mucho más de lo que me imagino.

Y, en medio de todo esto, algo sucedió. Sin que lo reconozcan, Jesús se hace compañero de camino de estos dos hombres. Están desolados, quejosos y decepcionados. Ahora parece que todo lo que está por delante se ve con pesimismo. Sólo queda volver a lo de antes y se terminó. Jesús no puede dejar que eso suceda. Cuando Él llama, cuando Él elige, cuando Él se compromete, nunca deja en la estacada. Otra cosa muy diferente es que nosotros no lo veamos. Y esto mismo es lo que ocurre. Ante la decepción por la muerte en la cruz, de quien pensaban que era un "profeta poderoso en obras y palabras" que liberaría al pueblo de Israel, sólo queda volver a lo anterior. Vivir todo de tejas hacia abajo, nos impide descubrir a Jesús cerca de nosotros. Jesús se hace compañero y les escucha. Deja que se desahoguen. Les escucha con paciencia. ¿Qué pensaría de ellos? Pero les respeta y sigue hacia delante caminando.

Cuando la fe no está en nuestra vida, hay desorientación. Jesús les explica las escrituras y les recuerda que el Mesías tenía que morir. La Historia de la Salvación lo es porque es una historia de amor sin igual y sin límites, que termina con la entrega de la vida en la cruz. Pero el amor, que es lo que más vida da al hombre, no muere jamás. Ir escuchando estas palabras, recordar que la historia de Dios con el hombre es una historia de salvación, hace que el corazón de estos hombres empiece a calentarse de esperanza, de ilusión, de vida. Quizás vuelven a sentir lo que les había hecho ponerse detrás del Maestro. Están tan a gusto que no quieren que el misterioso caminante se vaya y le invitan a que se quede con ellos. Y lo descubren totalmente al celebrar la Eucaristía. ¡Cristo vivo en el pan y el vino! ¡Jesús resucitado y a nuestro lado recordándonos, cada vez que celebramos este maravilloso sacramento, que Él sigue siempre con nosotros!

Pero antes, ya lo habían descubierto en la Escritura: "¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?" La Palabra de Dios en la Eucaristía nos ayuda a entender y contemplar que la historia de la salvación es la historia de la pasión más grande nunca vivida por los hombres. Leer las lecturas cada domingo nos recuerda la pasión de Dios por nosotros, sus promesas de Salvación y su propio cumplimiento en Cristo. Dejarse tocar por este amor, sentirse tan querido por Dios, es lo que hace vibrar a nuestro corazón y no querer dejar de sentir en ningún momento todo esto. A Jesús también lo reconocemos en su Palabra que nos recuerda con cuánto amor nos mira. Cómo la historia de nuestra vida está tejida con los hilos de oro de fidelidad y esperanza de Dios con cada uno de nosotros.

Volver a experimentar esto, les pone en seguida en camino para anunciarlo a los apóstoles. Ellos, que antes no habían dado crédito al anuncio de las mujeres, tal y como relatan a Jesús, tiene la misión de anunciar que Jesús está vivo. Y cuando llegan a anunciarlo, escuchan más testimonios de la resurrección. Las promesas de Dios siempre se cumplen. Nosotros podemos dejar de verlo porque nos metamos en nosotros y olvidemos que, antes que nada, está el amor de Dios y su fidelidad. No podemos vivir de tejas hacia abajo porque nos traicionamos a nosotros mismos y no podemos ver que Dios siempre viene a nuestro encuentro y nos acompaña.

Muchas veces tenemos la tentación de volver a nuestro Emaús particular. Pero esto no es más que una salida fácil, una huida, es volver a la mediocridad que tanto nos agota y asfixia, perder la oportunidad de seguir esos deseos de plenitud y futuro que cuando pensamos nos llena de esperanza y de ilusión. En medio de esos momentos, también reconocemos que hay algo en nuestro interior que no nos deja volver hacia atrás, que nos impide dejar de soñar porque entonces no nos reconoceríamos a nosotros mismos. Muchas veces, a pesar de la oscuridad, sentimos un algo que nos dice que sigamos, que no tiremos la toalla, que perseveremos y no dejemos de creer en lo que Dios ha puesto en nuestro corazón. Pues esa es la presencia del Resucitado, que como caminante al que a lo mejor no reconocemos, no nos deja y nos toca el corazón con su gracia para que levantemos la mirada y le veamos claramente como quien nos da la mano y nos fortalece.

En medio de las dificultades, a pesar de todo, no dejemos de acudir a Jesús en su Palabra, en la Eucaristía, en su presencia en el hermano. Este pasaje nos invita a sentirnos acompañados por Él en esas realidades para ser capaces de interiorizar que su presencia entre nosotros sigue permanente. Nos invita a salir de nosotros y a verlo en las mediaciones en las que Él mismo se ha querido quedar, para que nosotros seamos buenos hospederos y le permitamos entrar en nuestra vida.

Experimentar esto, saber que aquello en lo que creo es cierto, que me puedo fiar, da una paz enorme y una fuerza todavía mucho mayor. De ahí, el anuncio valiente y alegre de los apóstoles que contemplamos en estos días en el libro de los Hechos de los Apóstoles. A esto estamos llamados, también nosotros, seguidores de Jesús y hermanos del Baratillo. Un apoyo muy importante para los apóstoles fue María, la madre de Jesús. A Ella, Piedad y Caridad, pidámosle que nos ponga siempre muy cerca de quien es Misericordia para todos los hombres.

N.H. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui

Director Espiritual

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