Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (5,17-26):

En aquellos días, el sumo sacerdote y todos los suyos, que integran la secta de los saduceos, en un arrebato de celo, prendieron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública. Pero, por la noche, el ángel del Señor les abrió las puertas de la cárcel y los sacó fuera, diciéndoles:

"Marchaos y, cuando lleguéis al templo, explicad al pueblo todas estas palabras de vida".

Entonces ellos, al oírlo, entraron en el templo al amanecer y se pusieron a enseñar. Llegó entre tanto el sumo sacerdote con todos los suyos, convocaron el Sanedrín y el pleno de los ancianos de los hijos de Israel, y mandaron a la prisión para que los trajesen. Fueron los guardias, no los encontraron en la cárcel, y volvieron a informar, diciendo:

"Hemos encontrado la prisión cerrada con toda seguridad, y a los centinelas en pie a las puertas; pero, al abrir, no encontramos a nadie dentro".

Al oír estas palabras, ni el jefe de la guardia del templo ni los sumos sacerdotes atinaban a explicarse qué había pasado. Uno se presentó, avisando:

"Mirad, los hombres que metisteis en la cárcel están en el templo, enseñando al pueblo".

Entonces el jefe salió con los guardias y se los trajo, sin emplear la fuerza, por miedo a que el pueblo los apedrease.

Palabra de Dios

Salmo Sal 33,2-3.4-5.6-7.8-9

R/. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R/.

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R/.

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles
y los protege.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (3,16-21):

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.

En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Palabra del Señor

COMENTARIO

Creo que es muy aconsejable contemplar la primera lectura de la eucaristía de cada día tomada del Libro de los Hechos de los Apóstoles. Es impresionante ver la fuerza, la vida, la consistencia de aquellos que, experimentando a Jesús Resucitado, ven cómo inevitablemente sus vidas cambian por completo. No se puede seguir igual cuando se conoce la profundidad, la potencia del amor de Dios en el corazón del propio hombre. Conocer el amor de Dios nos introduce en una de las certezas más importantes que podemos tener: el amor de Dios me hace saber inmediatamente que mi verdad se esconde en gustar y dejarme hacer por todo lo que el que me ama de esta manera me pida. Mi verdad se esconde en el proyecto que Aquel que tanto me ama, tiene para mí. Y ese proyecto se hace cada vez más apasionante cuando me doy cuenta de que ese amor me impulsa a entregarme con total confianza, porque sentir y vivir ese amor hace descubrir a la vez que me puedo fiar absolutamente de quien me ama de esta manera.

Los discípulos, sabiendo que Jesús les acompaña y sabiendo que llevaban hacia delante la misión encargada por el mismo Jesús, descubren en su fidelidad a la misión la fortaleza para llevarla a cabo. Y cuando se tiene la mirada puesta en Cristo, no hay dificultad que sea más fuerte que el propio deseo de responder a la misión encomendada. Vemos cómo los apóstoles vencen las dificultades que pretender atar, encarcelar, ocultar el mensaje de la Buena Noticia de la salvación que anuncian. No hay dificultad que no sea vencida cuando hemos puesto la confianza en el Señor y queremos responderles de verdad. Los apóstoles son sacados de la cárcel por el ángel, es decir, Dios siempre va abriendo puertas a quienes llama y va haciendo posible el desarrollo de la misión.

Y nunca se hará con violencia. En la cárcel no hay señal de violencia cuando los guardias van a por los discípulos. La revolución de los seguidores de Jesús, de los que anuncian el evangelio, es de la ternura, la del amor, la de la misericordia, la de la esperanza. Y quien vive enamorado de aquel a quien ama, y sabe que tiene que gritar a los cuatro vientos que ese amor es para todos los hombres, no puede descansar. Si lo deja, pierde, se vacía. Así lo comprobamos en el propio San Pablo.

Los discípulos viven en la luz, porque están traspasados por la luz de Cristo Resucitado. Esa es su fuerza y, por eso, son testigos de verdad y los que los escuchan lo hacen con gusto. El que es de Cristo habla de la verdad del hombre y del camino para poder encontrarla, hacerla propia y transmitirla al descubrir que en ella está la paz y la vida. La gran acogida que la gente da a los apóstoles y contemplar que aquellos que se convierten cambian radicalmente de vida (y a mejor), hace temer a los sumos sacerdotes por la repercusión social del trato dispensado a los discípulos que no se cansan de hablar y predicar. La fuerza de Dios en el corazón del hombre es imparable, ellos lo saben y sólo puede acudir a artimañas para intentar sofocar todo esto. Pero no pueden. El mensaje de la Buena Noticia de la salvación y del amor de Dios ya está en los corazones de los hombres y esto ya no lo para nadie.

Por eso, lee con atención el evangelio de hoy y reflexiónalo despacio. Rézalo con detenimiento y hazlo sabiendo que se dirige a ti completamente. Tanto te amó Dios, que te regaló a su Hijo para que, asemejándote a Él, descubras la riqueza de ser y vivir como hijo de un Padre amoroso. Esta es la vida eterna, descubrir quién eres desde Dios, dejarte amar y conducir por Él, y experimentar la salvación en la comunión total con sus sentimientos.

Dios quiere desde el principio tu salvación. Te ha creado porque te ama y para salvarte. Tu salvación es configurarte y transformarte en otro cristo donde tu vida encuentra su plenitud. Dios nos lo ha dado hecho, no nos pide algo que no seamos capaces de no advertir. Todo lo contrario. Te regala a su Hijo y te dice que viviendo a su estilo será como tu corazón encuentra el camino de la vida. Por eso, el que cree en Jesús no será condenado. Se ha acercado a la luz, se ha dejado iluminar y ha encontrado la paz. El que reacciona ante el bien, ante lo propio del hombre, es el que se condena y hace que la vida de los demás no sea como debe. Cuando no nos comportamos como debemos, no sólo sufrimos nosotros, sino que hacemos sufrir a los demás. El que no obra bien se aleja del que sí lo hace, o busca terminar con aquel que no le deja llevar hacia delante sus planes. Es lo que vemos en la primera lectura. Se acude a lo que sea para intentar aplacar una verdad, que es la propia del hombre y que tiene el peso de hacer que el hombre alcance el sentido fundamental de su vida. Esto es imparable.

Por eso, Jesús, no podía echarse hacia atrás. Él venía a presentar la verdad de Dios que es su deseo de salvación de todos los hombres, sus hijos, y nos enseñó que la verdad siempre vive porque responde al deseo del hombre de todos los tiempos. La felicidad del hombre es Dios y, por eso, nuestra plenitud sólo está en vivir a la manera de su Hijo. Dios te quiere tanto que apuesta por ti, que insiste en su deseo de plenificarte para que, gustándolo, descubras cuánto y cómo te quiere. Que nuestra resurrección en esta pascua sea la que procede del amor de Dios que levanta el corazón y nos nutre con su pasión.

N.H. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui

Director Espiritual

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (2,42-47):

Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.

Todo el mundo estaba impresionado, y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.

Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando.

Palabra de Dios

Salmo Sal 117,2-4.13-15.22-24

R/. Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia


Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia. R/.

Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos. R/.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (1,3-9):

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final.

Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.

Palabra de Dios

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-31):

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

"Paz a vosotros".

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

"Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo".

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

"Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos".

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

"Hemos visto al Señor".

Pero él les contestó:

"Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo".

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

"Paz a vosotros".

Luego dijo a Tomás:

"Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente".

Contestó Tomás:

"¡Señor mío y Dios mío!"

Jesús le dijo:

"¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto".

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Palabra del Señor

COMENTARIO

En este segundo Domingo de Pascua, celebramos el Domingo de la Divina Misericordia. Al igual que hemos podido contemplar a lo largo de todos los días de esta octava, hoy también nos encontramos con otro evangelio en el que podemos asistir, de nuevo, a una aparición del Resucitado a sus apóstoles. En todas estas apariciones, es Jesús quien toma la iniciativa ante la sorpresa y, a veces, indiferencia de quien le contempla. Seguramente que todos estos episodios le servirían al Señor para ser capaz de ver hasta qué punto había calado su persona y su mensaje en aquellos que estuvieron más cerca de Él durante toda su vida terrena. Los apóstoles también eran débiles como nosotros y cuando llegó el momento de la verdad, no sólo se olvidaron de lo que ya había anunciado por Jesús, sino que, tras los acontecimientos de su Pasión y Muerte, no estuvieron abiertos a la Resurrección. Con la muerte del Maestro, parece que todo había terminado. Hoy de nuevo, el Señor, vuelve a tomar la iniciativa, para presentarse ante sus discípulos, derrotados y temerosos, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Los que estaban del lado ganador, a causa de su falta de fe, vivían como quienes ya no tenían razones para hacer nada. La puerta más clara que habían cerrado era la de la fe en las palabras del maestro, justamente la puerta que nos ayuda a vivir los momentos más cruciales de la vida. Cerrada la puerta de la fe, viene el miedo, la desolación, la angustia, la falta de fidelidad, la apatía, la falta de iniciativa, el pecado, la tibieza, etc. Y todo esto crea una falta de paz grande, porque todo esto esto es sentirse muy lejos de lo que realmente somos.

La paz es el gran don de la Pascua. La paz de saber que todo vuelve a su lugar y con ello, mi propia vida. Saber quién soy y quién me hace ser, saber que, a pesar de mi limitación, hay Quien me sostiene, volver a sentir la alegría de quien me repite que soy importante para Él. Hasta tres veces escuchamos hoy de labios del Señor, este deseo de paz. Interioricemos bien esto, hoy más que nunca, en estos momentos de desasosiego e incertidumbre por los efectos de la pandemia que nos azota. Ante el miedo, como los apóstoles y los interrogantes que puedan surgir, demos más lugar hoy en nuestra oración a estas palabras del Señor. La paz para ti, la paz que es Él mismo, su compañía, su compromiso de "estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo".

Esto nos llena también a nosotros de inmensa alegría y nos tiene que llevar a renovar nuestra confianza en Él. Estamos llamados a saber descubrir la presencia de Dios en medio de nuestra vida, para que así las circunstancias que nos rodean no nos quiten la seguridad de que Jesús Resucitado se encuentra con nosotros y viene a ponerse a nuestro lado. El mismo Jesús, consciente de que ha ocurrido lo más importante en la vida de los apóstoles, que es contemplarlo Resucitado, sabe que ya están preparados para llevar hacia delante la gran misión de la evangelización a todos los hombres. Sólo puede realizarse cuando sé que anuncio a quien está vivo, a quien es tesoro y vida para todos los hombres. No seguimos a quien ha sido derrotado en la cruz, sino a quien Resucitado, sigue enamorado del hombre y sigue llamando a quienes le conocen para que ellos mismos le anuncien.

Y todo esto con la fuerza del Espíritu Santo. Esta obra de Dios, que es la evangelización, sólo puede hacerse de su mano y con su fuerza y aliento. Los discípulos son enviados a compartir la misma misión de Jesús, la predicación del Reino, que sólo puede crecer si nuestro corazón está lleno de la misericordia que permite al hombre sentirse hijo afortunado por tener, sin mérito ninguno y sólo por puro amor, un Padre que, a pesar de todo, ha salido permanentemente a esperarle para revestirle de vida y plenitud. Esta es la herencia, la de la salvación, de la que nos habla San Pedro en la segunda lectura. La pasión de Dios tiene que ver con su deseo de regalarnos salvación, eternidad, amor que nunca tiene fin. Hemos sido enviados por el Señor a predicar la misericordia que nosotros hemos recibido en primer lugar. Nuestra misión es una misión de reconciliación, de ternura, de fraternidad, de perdón, de esperanza. Es una misión de amor, pero del amor que hemos experimentado y sentido que es el que nos fortalece, sostiene y nos hace entender por qué no podemos cansarnos nunca de la misión tan apasionante que el Señor nos ha encomendado. Si el amor de Dios nunca se apaga, nosotros no podemos dejar de anunciarlo en ningún momento.

Quien vive esto de verdad, termina atrayendo a quien lo contempla. La primera lectura nos presenta la primitiva comunidad cristiana que vive alrededor de la predicación apostólica, la fraternidad y la caridad, la Eucaristía y la oración (bien podría ser nosotros la piedad) Si nos damos cuenta, para una misión de misericordia, para una misión en lo que lo más importante no es tanto lo que haga sino lo que diga con lo que Dios ha hecho con mi existencia, los apoyos fundamentales son la Eucaristía, la caridad, la fraternidad y la piedad. ¿Nos suena a nosotros todo esto? La novedad de la vida resucitada llega cuando no me busco, sino que vivo en permanente salida hacia Dios y hacia los demás: el dinamismo propio del amor.

Quienes contemplaban a la primera comunidad, sentían deseos verdaderos de ser y vivir de esa manera. El amor contemplado en la vida de quienes son felices precisamente por vivir amando, enciende el corazón de quien busca la razón de su existencia y sufre por el vacío que experimenta. La misericordia de Dios conmigo me compromete con el propio Dios, a ser mensajero y corazón de misericordia para un mundo, a veces, perdido y metido en rutas, más bien, lejanas de lo que realmente hace que el hombre pueda encontrarse con lo que realmente anhela. Que nuestra vida resucitada sea luz que alumbre a nuestros hermanos el camino de la verdad y la plenitud que sólo se encuentra en el Dios que lleno de misericordia no se cansa de salir a buscar a los que buscan vida y la encuentran en nuestra misericordia, fraternidad y caridad.

N.H. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui

Director Espiritual

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (3,1-10):

En aquellos días, Pedro y Juan subían al templo, a la oración de la hora nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solína colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada "Hermosa", para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo:

"Míranos".

Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo:

"No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo; en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda".

Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que le había sucedido.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 104,1-2,3-4.6-7.8-9

R/. Que se alegren los que buscan al Señor

Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
dad a conocer sus hazañas todos los pueblos.
Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas. R/.

Gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro. R/.

¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R/.

Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. R/.

Secuencia 

(Opcional)

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

Evangelio de mañana

Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,13-35):

Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos setenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido.  Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

"¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?"

Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:

"¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado estos días?"

Él les dijo:

"¿Qué?"

Ellos le contestaron: 

"Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo le entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaron a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron".

Entonces Él les dijo

"¡Qué necios y torpes para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?"

Y, comenzado por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:

"Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída".

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:

"¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?"

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

"Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón".

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

COMENTARIO

Durante toda esta semana, seguimos celebrando el gran domingo pascual. Toda la semana de la octava de Pascua es como un gran domingo que se extiende ocho días, porque es tanto lo que celebramos, que un solo día se quedaría muy corto. Por tanto, seguimos en este gran domingo y, por eso, las lecturas de todos estos días de la Octava nos presentan, sobre todo el evangelio, relatos de la Resurrección de Jesús, para que este misterio que celebramos se afiance, para que contemplemos un acontecimiento tan extraordinario para nosotros que debe ser profundizado y gustado de tal manera, que vivamos afianzados en Jesús resucitado y hagamos experiencia, en nuestra vida, de la propia resurrección de Jesús.

Eso es, justamente, lo que hace que la vida pueda cambiara tanto como lo hace en el caso de los apóstoles. En el día de hoy contemplamos a Juan y a Pedro en el templo. Ven como llega un hombre paralítico (podríamos ser cada uno de nosotros) que, sentado en la Puerta Hermosa, es colocado de día, en ese mismo lugar, para ganar algo de dinero que le permita vivir, que le dé para poder seguir tirando. Cuando alguien está experimentando la alegría de saber que vive en su verdad y que su vida tiene todo el sentido del mundo, es imposible no tener misericordia de quien vive atrapado en su propia historia y, contentándose con tener para seguir tirando, quedarse sentado y pensar que no hay nada que hacer.

Pedro y Juan se pusieron a su lado y le pidieron que les mirara ("Míranos") Y él esperaba recibir lo que pensaba que necesitaba para vivir. La petición de los apóstoles es más importante de lo que parece. Es una invitación a salir de sí mismo, a no mirarse de tal manera que se le olvide que más allá de sí mismo existe horizonte y, por tanto, vida. "Míranos", es la invitación a no quedarse en sí mismo, a compadecerse de sí mismo, a creerse él mismo, que no tiene nada que hacer por cambiar lo que vive. "Míranos" para descubrir algo diferente a la historia que nos podemos contar cada día para justificar lo que hacemos y no salir del agujero o de la oscuridad en la que nos podamos encontrar. "Míranos", porque aunque no lo parezca, más cerca de lo que pensamos hay otras posibilidades y estamos llamados a conocerlas. Ten valor para dejar el paso de lo que te aflige, y créete que hay una vida muy diferente que te espera.

Seguramente, el paralítico pensaría que todo eso llegaría con más dinero ("pensaba que le darían algo"), o con algo que le proporcionara más comodidad y menos sufrimientos. Pero todo cambió. No recibió lo que pensaba que necesitaba, no recibió "cosas", por una vez descubrió que lo más importante no es saciar la sed de tener. "No tengo ni oro ni plata, pero te doy lo que tengo: En nombre de Jesús Nazareno, echa a andar".

Me gustaría saber qué pensaría en ese momento al escuchar a los apóstoles. Pero seguro que su opinión cambiaría cuando viera el resultado de aquello que había recibido. No se trata de tener, sino de ser; no se trata de que yo me conforme con ir tirando, pensando que cualquier cosa me sirve para estar bien. No. El ser del corazón del hombre nunca se llenará de cosas. Sólo lo llena el Señor, Jesús Resucitado. Sólo cuando dejo que su palabra entre en el corazón, enseguida mi corazón despierta ("se levantó") Abrir el corazón a Jesús Nazareno, dejar que llegue a mi vida a través de quien vive de Él y para Él (los discípulos), hace que todo cambie. Para ser feliz no tenemos que pagar, o pensar que necesito cosas. La felicidad está en darle el corazón, y creerme de verdad, que Jesús tiene lo que yo necesito para vivir plenamente. Y esto lo descubrió el paralítico.

Los discípulos de Emaús se encuentran en una situación parecida. La falta de fe trae mucha oscuridad, inseguridad, falta de claridad a la hora de tomar decisiones, pensar que puedo vivir de la misma manera en la que lo hacía, antes de conocer a Jesús. Eso es imposible. Quien ha conocido a Jesús, de verdad, no puede pensar que haya mejor que Él y lo que él puede dar a nuestra vida. Todo le sabrá a poco.

La muerte de Jesús hace que sus seguidores tengan la tentación de separarse y volver a lo anterior. Toda su angustia, su desolación, es resultado de su falta de fe. Lo que están viviendo, ha sido anunciado por el propio Jesús. Cuando vivimos al margen de la Palabra de Dios, y nos metemos en nuestros propios criterios, el resultado no suele ser bueno. Pero Jesús, una vez más, no nos deja. Se coloca al lado de estos hombres desolados, quejosos y decepcionados por lo que se ha vivido. Afirman que Jesús ha sido un gran Profeta ("Nosotros esperábamos que fuera el futuro liberador de Israel"), tenían en Él muchas esperanzas, pero todo eso se ha quedado en nada. ¿Qué pensaría Jesús cuando escuchaba esto? ¿Qué pensará Jesús cuando escuche de nosotros que parece que nos ha olvidado?

La reacción de Jesús no se hace esperar (¡Qué necios y torpes sois!" "Y les explicó lo que se refería a Él en toda la Escritura") El problema no está en Jesús, que anuncia y cumple. El problema está en nosotros que no creemos a Jesús porque queremos un camino fácil, sin dificultades. Nos cuesta morir a nosotros mismos, nos cuesta pensar que es, justamente, en nuestras muertes personales donde podemos encontrar horizontes de verdad y vida más sólida. Sin embargo, tal y como decíamos antes, el que ha experimentado a Jesús no lo olvida y saber percibir su presencia.

Ante el ofrecimiento de los de Emaús a Jesús para que se quede con ellos, él accede. En el momento de partir el pan, lo reconocen y reconocen también que, cuando les hablaba de la Escritura, sus corazones renacían y sentían vida y paz. La palabra de Dios nos abre a la vida y produce en nuestro interior algo que nos hace ponernos de nuevo en nuestro lugar. Sus corazones volvían a arder porque descubrían que el Señor había permanecido fiel, que Él había cumplido, que era realmente el único y verdadero Señor. Esto les lleva a anunciarlo inmediatamente. El que experimenta a Jesús vivo, no espera a anunciarlo. El hombre pascual es aquel que, renunciando a lo que le produce muerte (miedos, la falta de fe, la queja, la dureza de corazón, componendas, egoísmos, comodidades, medias tintas, etc.), encuentra la vida y la fuerza en una Palabra, la de Dios, que saca lo más real y auténtico de nosotros y nos pone en un camino de novedad, de esperanza y fidelidad a quien sobradamente nos ha demostrado que nos amó, nos eligió y nos envión para que otros tantos paralíticos de nuestro mundo se levanten y gusten la misericordia que transforma y da vida.

Nuestra fuerza será justamente saber que nosotros hemos sido esos mismos paralíticos y que sólo Jesús Resucitado es capaz de hacerlo todo nuevo, incluso cada una de nuestras vidas.

N.H. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui

Director Espiritual

Hermandad El Baratillo

Antigua y Fervorosa Hermandad de la Santa Cruz y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Misericordia y Nuestra Señora de la Piedad, Patriarca Bendito Señor San José y María Santísima de la Caridad en su Soledad

 

 

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