Les ofrecemos la lectura del Evangelio de hoy, la reflexión personal de nuestro Director Espiritual, N.H. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui y finalmente, la carta pastoral de nuestro Arzobispo de la Archidiócesis de Sevilla, Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Juan José Asenjo Pelegrina.

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (10,34a-37-43):

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

"Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.

Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados".

Palabra de Dios

Salmo. Sal 117,1-2.16ab-17.22-23   

R/. Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo


Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. R/.

«La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. R/.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente. R/.

SECUENCIA  

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (3,1-4): 

HERMANOS:

Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también apareceréis gloriosos, juntamente a él.

Palabra de Dios

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,1-9):

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:

"Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto".

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. 

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. 

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no había entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor

Reflexión

Queridos Hermanos:

¡Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo! Con la respuesta al salmo responsorial de la Eucaristía del Domingo de Resurrección, os saludo a todos con la alegría que brota de la contemplación de la victoria de Cristo sobre la muerte. ¡Cristo ha resucitado! Cristo ha vencido las ataduras del pecado y de la muerte y así nos ha abierto a todos el camino de la plenitud. La victoria de Jesús es nuestra victoria. Él nos ha ganado la vida para siempre enseñándonos los elementos esenciales para ello: el amor, el abajamiento, la misericordia, la búsqueda constante de la voluntad del Padre. Cuando vamos por el camino de la verdad, lo que queda es encontrarnos con la verdad con mayúsculas, que es Cristo.

Celebrar la Resurrección de Cristo, en estos momentos de pandemia, tiene, además, un contenido más peculiar si cabe. Nos invita a no caer en la desolación o la desesperanza, porque poner nuestra mirada y confianza en el Señor Resucitado, nos da fuerza para mantenernos en pie, sabiendo que el poder de Cristo es más fuerte que nada y que, unidos a quien vive para siempre para interceder por nosotros, sabremos vivir estos momentos con esperanza. Quien vive de Cristo y para Él, encuentra una fuerza que le sobrepasa, tal y como vemos en la primera lectura. La fuerza de los apóstoles se encuentra en su convicción acerca de Jesús como el único, verdadero y auténtico Señor, en quien se puede confiar, porque mantiene su palabra y hace al hombre vivir con una alegría y un sentido tales, que tienen que proclamarlo sin miedo a lo que pueda ocurrir.

Mejor dar la vida para que otros la encuentren (precisamente como hace Jesús), que callar consintiendo que los hombres no descubran el camino de la verdad. La fuerza realmente está en la identificación con la persona de Cristo que hace que el hombre sea capaz de llegar más allá de donde imagina. La fuerza del hombre es Cristo resucitado y su comunión con Él. Por eso mismo, la segunda lectura invita a buscar siempre los bienes de arriba. A vivir desde lo que nos mantiene cerca y unidos a Cristo. En los bienes espirituales, hay camino que merezca la pena. En los del mundo, esclavitud y tristeza.

Contemplar, desde el evangelio, la tumba vacía, el sepulcro abierto, es la expresión de que Dios nunca va de farol con el hombre. Jesús anunció su pasión, pero también su Resurrección. Como los apóstoles, algunas ocasiones nos damos cuenta, a posteriori, de que Jesús es leal y cumple con lo que dice. Juan, después de ver el sepulcro vacío, es cuando da credibilidad a las palabras de Jesús. Esto, para nosotros, es hoy una invitación a no dudar un instante del Señor en nuestra vida y a saber que siempre puedo estar seguro de su presencia en mi vida. Porque, resucitado, vive para siempre para guardarte, amarte y protegerte.

He creído conveniente terminar estas reflexiones, que os he enviado durante toda esta semana, con la carta pastoral de nuestro querido Sr. Arzobispo. Como sabéis, cada semana D. Juan José escribe a toda la Archidiócesis ilustrándonos con sabiduría sobre diferentes aspectos que tienen que ver con nuestra fe. Como no podía ser de otra manera, este domingo felicita a todos los fieles la Pascua. Leámosla con cariño y atención.

Por último, quiero agradecer a nuestro Hermano Mayor y a su Junta de Gobierno, la oportunidad que me ha dado de poder dirigirme a vosotros cada día de esta Semana Santa. Nuestra intención ha sido intentar ayudar y llenar espiritualmente este tiempo de gracia, estar cerca de todos los hermanos, y haceros sentir que vuestra Hermandad quería acompañaros en esta Semana Santa tan especial que hemos vivido. Pero, especialmente, quiero agradecer a N.H.D. Luis Fernando Rodríguez Carrillo y a N.H.D. Francisco Javier Rodríguez Galán, su trabajo enorme en estos días, dedicados a hacer posible que la labor que se ha hecho desde la Hermandad, pudiera llegar a todos vosotros. Gracias de corazón y que el Señor de la Misericordia os bendiga y Nuestra Madre de la Piedad y Caridad os proteja siempre.

A partir de ahora, seguiré dirigiéndome a vosotros tal y como lo hacía antes de la Semana Santa. Cada miércoles y domingo, enviaré algunas notas que nos ayuden a vivir, desde el Señor, este tiempo de Pascua tan bonito y apasionante. ¡Feliz Pascua de Resurrección! Que el Señor os bendiga a todos.

Un abrazo.

N.H. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui

Director Espiritual

 

Carta Pastoral del Sr. Arzobispo

¡CRISTO HA RESUCITADO, ALELUYA!

 

 Queridos hermanos y hermanas:

Este es el mensaje de la Pascua cristiana, la Buena Noticia que la Iglesia viene proclamando desde hace veinte siglos; desde aquella mañana del primer día de la semana en que Pedro y Juan encuentran vacío el sepulcro de Jesús; desde aquella madrugada en que las piadosas mujeres que van a embalsamar su cadáver, reciben del ángel este mensaje alentador: "No esta aquí. Ha resucitado".

Esta es la gran noticia que la Iglesia tiene el deber de anunciar al mundo en esta mañana de Pascua. Esta es la magnífica noticia que cambia el curso de la historia porque significa que la vida ha triunfado sobre la muerte, la justicia sobre la iniquidad, el amor sobre el odio, el bien sobre el mal, la alegría sobre el abatimiento, la felicidad sobre el dolor, y la bienaventuranza sobre la maldición, y todo ello porque Cristo ha resucitado.

La Resurrección del Señor es la obra maestra de la Trinidad Santa, "la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, -como nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica- creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, predicada por los Apóstoles como parte esencial del Misterio Pascual, transmitida como fundamental por la Tradición y abiertamente afirmada en los documentos del Nuevo Testamento". Sin la Resurrección, Jesús sería el mayor impostor de la historia de la humanidad y el cristianismo el más burdo fraude cometido jamás. La resurrección es el sello de garantía de la persona, la obra y la doctrina de Jesús. Para nosotros es un manantial inagotable de seguridad y confianza. Gracias a la Resurrección del Señor sabemos que nuestra fe no es una quimera y que el objeto de nuestro amor no es un fantasma, sino una persona viva, que está sentada a la derecha de Dios.

La consecuencia más importante de la Resurrección del Señor es nuestra futura resurrección. Si Jesús ha resucitado, también nosotros resucitaremos. El Catecismo nos dice que después de su Muerte, el Señor bajó al seno de Abrahán para liberar a los justos anteriores a Él y abrirles las puertas del cielo. Ojalá que en esta Pascua, al mismo tiempo que sentimos muy a lo vivo la alegría inmensa que brota de la resurrección del Señor, experimentemos también intensamente la emoción que nace espontánea de la aceptación de esta verdad original del cristianismo: somos ciudadanos del cielo, al que estamos llamados y cuyas puertas nos ha abierto el Señor en su Resurrección de entre los muertos.

La liturgia de estos días nos invita a sacar las consecuencias que la Resurrección del Señor entraña para nuestra vida cristina: Ya que habéis resucitado con Cristo, -nos dice san Pablo- buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. La esperanza en la Resurrección debe ser fuente de consuelo, de paz y fortaleza ante las dificultades, ante el sufrimiento físico o moral, cuando surgen las contrariedades, los problemas familiares, profesionales o económicos, cuando a nosotros o a nuestros seres queridos nos visita el dolor o la enfermedad.

La esperanza en la resurrección es además fuente de sentido en nuestro devenir. Un cristiano no puede vivir como aquel que ni cree ni espera, o en el mejor de los casos cree que después de la muerte sólo existe la nada. Porque Cristo ha resucitado, nosotros creemos y esperamos en la vida eterna, en la que viviremos dichosos con Cristo y con los Santos. Esta perspectiva que es fruto de la Pascua, debe marcar, determinar y configurar nuestro presente, nuestra forma de pensar y nuestro modo de vivir, sabiendo que somos peregrinos, que no tenemos aquí una ciudad estable y permanente, pues nuestra verdadera patria es el cielo.

La perspectiva de la resurrección define e ilumina nuestra vida, la nutre y llena de esperanza y alegría. De todo ello se privan quienes no creen en la resurrección y en la vida eterna, artículo capital de nuestra fe. Aspiremos a los bienes de arriba y no a los de la tierra, vivamos ya desde ahora el estilo de vida del cielo, el estilo de vida de los resucitados, es decir, una vida de piedad sincera, alimentada en la oración, en la escucha de la Palabra, en la recepción de los sacramentos, singularmente la penitencia y la Eucaristía y en la vivencia gozosa de la presencia de Dios; una vida alejada del pecado, de la impureza, del egoísmo y de la mentira; una vida pacífica, honrada, austera, sobria, fraterna, edificada sobre la justicia, la misericordia, el perdón, el espíritu de servicio y la generosidad; una vida, en fin, asentada en la alegría y en el gozo de sabernos en las manos de nuestro Padre Dios y, por ello, libres ya del temor a la muerte. Este es mi deseo para todos los diocesanos en esta Pascua.

Un abrazo fraterno y mi bendición.

Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

 

Querido Hermano:

Para la oración y reflexión de este día, te propongo dos textos diferentes. Puedes detenerte en uno sólo o en los dos, como creas conveniente. El primero es el que se contiene en el libro de la Liturgia de las Horas, que rezamos cada día los sacerdotes y religiosos. El segundo, es una meditación acerca de este día, Sábado Santo, que estamos viviendo hoy. El Sábado Santo es un día de silencio, de contemplación, de esperanza. El Sábado Santo es la jornada de tránsito que nos conduce de lo acaecido en el Calvario a lo que cambia la vida del ser humano sobre esta tierra: el anuncio de Cristo vencedor del pecado y de la muerte.

Por eso, se entienden perfectamente las palabras de Benedicto XVI, entonces Card. Ratzinger: "esto es el sábado santo: el día del ocultamiento de Dios, el día de esa inmensa paradoja que expresamos en el credo con las palabras "descendió a los infiernos", descendió al misterio de la muerte (…) El Misterio más oscuro de la fe es, simultáneamente, la señal más brillante de una esperanza sin fronteras. Todavía más: a través del silencio mortal del sábado santo, pudieron comprender los discípulos quién era Jesús realmente y qué significaban verdaderamente su mensaje. Dios debió morir por ellos para poder vivir de verdad ellos".

Primer Texto:

De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado

(PG43, 439. 451. 462-463)

EL DESCENSO DEL SEÑOR A LA REGIÓN DE LOS MUERTOS

¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos.

En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; Dios y su Hijo van a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él.

El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: "Mi Señor está con todos vosotros". Y responde Cristo a Adán: "y con tu espíritu". Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: "Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo.

Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: "Salid", y a los que estaban en tinieblas: "Sed iluminados", y a los que estaban adormilados: "Levantaos".

Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mi y yo en ti somos una sola cosa.

Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo; por ti, siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo; por ti, yo, que estoy encima de los cielos, vine a la tierra, y aun bajo tierra; por ti, hombre, vine a ser como hombre sin fuerzas, abandonado entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco, fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en un huerto.

Mira los salivazos de mi rostro, que recibí, por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorado. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido.

Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; mas he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti. Puse a los ángeles a tu servicio, para que te guardaran; ahora hago que te adoren en calidad de Dios.

Tienes preparado un trono de querubines, están dispuestos los mensajeros. construido el tálamo, preparado el banquete, adornados los eternos tabernáculos y mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes, y preparado desde toda la eternidad el reino de los cielos".

Segundo Texto:

SÁBADO SANTO. PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR

La sepultura del cuerpo de Jesús.

I.- Señales que siguieron a la muerte de Nuestro Señor. La lanzada. El descendimiento.

II.- Preparación para la sepultura. Valentía y generosidad de Nicodemo y José de Arimatea.

III.- Los Apóstoles junto a la Virgen.

I.- Después de tres horas de agonía Jesús ha muerto. Los evangelistas narran que el cielo se oscureció mientras el Señor estuvo pendiente de la cruz, y ocurrieron sucesos extraordinarios, pues era el Hijo de Dios quien moría. El velo del templo se rasgó de arriba abajo, significando que, con la muerte de Cristo, había caducado el culto de la Antigua Alianza; ahora, el culto agradable a Dios se tributa a través de la Humanidad de Cristo, que es Sacerdote y Víctima.

La tarde del viernes avanzaba y era necesario retirar los cuerpos; no podían quedar allí el sábado. Antes que luciera la primera estrella en el firmamento, debían estar enterrados. Como era la Parasceve (el día de la preparación de la Pascua), para que no quedaran los cuerpos en la cruz, pues aquel sábado era un día grande, los judíos rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitasen. Este envió unos soldados que quebraron las piernas de los ladrones, para que murieran más rápidamente. Jesús ya estaba muerto, pero uno de los soldados le abrió el costado con la lanza, y al instante brotó sangre y agua.

Este suceso, además del hecho histórico que presenció San Juan, tiene un profundo significado. San Agustín y la tradición cristiana ven brotar los sacramentos y la misma Iglesia del costado abierto de Jesús: "Allí se abría la puerta de la vida, de donde manaron los sacramentos de la Iglesia, sin los cuales no se entra en la verdadera vida..." . La Iglesia "crece visiblemente por el poder de Dios. Su comienzo y crecimiento están simbolizados en la sangre y el agua que manaron del costado abierto de Cristo crucificado". La muerte de Cristo significó la vida sobrenatural que recibimos a través de la Iglesia.

Esta herida, que llega al corazón y lo traspasa, es una herida de superabundancia de amor que se añade a las otras. Es una manera de expresarlo que ninguna palabra puede ya decir. María comprende y sufre, como Corredentora. Su Hijo ya no la pudo sentir, Ella sí. Y así se acaba de cumplir hasta el fina la profecía de Simeón: una espada traspasará tu alma.

Bajaron a Cristo de la cruz con cariño y veneración, y lo depositaron con todo cuidado en brazos de su Madre. Aunque su Cuerpo es una pura llaga, su rostro está sereno y lleno de majestad. Miremos despacio y con piedad a Jesús, como le miraría la Virgen Santísima. No sólo nos ha rescatado del pecado y de la muerte, sino que nos ha enseñado a cumplir la voluntad de Dios por encima de todos los planes propios, a vivir desprendidos de todo, a saber perdonar cuando el que ofende ni siquiera se arrepiente, a saber disculpar a los demás, a ser apóstoles hasta el momento de la muerte, a sufrir sin quejas estériles, a querer a los hombres aunque se esté padeciendo por culpa de ellos... "No estorbes la obra del Paráclito: únete a Cristo, para purificarte, y siente, con Él, los insultos, y los salivazos, y los bofetones... y las espinas, y el peso de la muerte..., y los hierros rompiendo tu carne, y las ansias de una muerte en desamparo...".

"Y métete en el costado abierto de Nuestro Señor hasta hallar cobijo seguro en su llagado Corazón". Allí encontraremos la paz. Dice San Buenaventura, hablando de ese vivir místicamente dentro de las llagas de Cristo: "¡Oh, qué buena cosa es estar con Jesucristo crucificado! Quiero hacer en Él tres moredas: una, en los pies; otra, en las manos, y otra perpetua en su precioso costado. Aquí quiero sosegar y descansar, y dormir y orar. Aquí hablaré a su corazón y me ha de conceder todo cuanto le pidiera. ¡Oh, muy amables llagas de nuestro piadoso Redentor! (…) En ellas vivo, y de sus manjares me sustento".

Miramos a Jesús despacio y, en la intimidad de nuestro corazón, le decimos: ¡Oh buen Jesús!, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. Nos permitas que me aparte de Ti. Del maligno, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame. Y mándame ir a Ti, para que con tus Santos te alabe. Por los siglos de los siglos".

II.- José de Arimatea, discípulo de Jesús, hombre rico, influyente en el Sanedrín, que ha permanecido en el anonimato cuando el Señor es aclamado por toda Palestina, se presenta a Pilato para hacerse cargo del Cuerpo del Señor. Se dispone a pedirle "la más grande demanda que jamás se ha hecho: el Cuerpo de Jesús. el Hijo de Dios, el tesoro de la Iglesia, su riqueza, su enseñanza y ejemplo, su consuelo, el Pan con que debía alimentarse hasta la vida eterna. José, en aquel momento, representaba con su petición el deseo de todos los hombres, de toda la Iglesia, que necesitaba de Él para mantenerse viva eternamente".

También, en estos momentos de desconcierto, cuando los discípulos, excepto Juan, han huido, hace su aparición otro discípulo de gran relieve social, que tampoco ha estado presente en las horas de triunfo. Llegó Nicodemo, el mismo que había venido a Él de noche, trayendo una mezcla de mirra y áloe, como de cien libras. ¡Cómo agradecería la Virgen la ayuda de estos dos hombres: su generosidad, su valentía, su piedad! ¡Cómo se lo agradecemos también nosotros!

El pequeño grupo que, junto a la Virgen y a las mujeres de las que hace especial mención el Evangelio, se hicieron cargo de dar sepultura al Cuerpo de Jesús, tienen poco tiempo a causa de la fiesta del día siguiente, que comenzaba al atardecer de ese día. Lavaron el Cuerpo con extremada piedad, lo perfumaron (la cantidad de perfumes que trajo Nicodemo era muy grande: como cien libras), lo envolvieron en un lienzo nuevo que compró José y lo depositaron en un sepulcro excavado en la roca, que era del propio José y que no había utilizado para ningún otro cuerpo. Cubrieron su cabeza con un sudario.

¡Cómo envidiamos a José de Arimatea y a Nicodemo! ¡Cómo nos gustaría haber estado presentes para cuidar con inmensa piedad del Cuerpo del Señor!: "Yo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor..., lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones..., lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí Señor, descansad! "Cuando todo el mundo os abandone y desprecie..., servían! os serviré, Señor".

No debemos olvidar un solo día que, en nuestros sagrarios, está Jesús, ¡vivo!, pero tan indefenso como en la Cruz, o como después en el Sepulcro. Cristo se entrega a su Iglesia y a cada cristiano para que el fuego de nuestro amor lo cuide y lo atienda lo mejor que podamos, y para que nuestra vida limpia lo envuelva como aquel lienzo que compró José. Pero además de esas manifestaciones de nuestro amor, deber haber otras que quizás exijan de nuestro dinero, de nuestro tiempo, de nuestro esfuerzo: José de Arimatea y Nicodemo no escatimaron esas otras muestras de amor.

III.- El Cuerpo de Jesús yacía en el sepulcro. El mundo ha quedado a oscuras. María era la única luz encendida sobre la tierra. "La Madre del Señor -mi Madre- y las mujeres que han seguido al Maestro desde Galilea. después de observar todo atentamente, se marchan también". Cae la noche.

"Ahora ha pasado todo. Se ha cumplido la obra de nuestra Redención. Ya somos hijos de Dios, porque Jesús ha muerto por nosotros y su muerte nos ha rescatado. "Empti enim estis preti magno! (1 Cor 6, 20). tú y yo hemos sido comprados a gran precio".

"Hemos de hacer nuestra la vida y la muerte de Cristo. Morir por la mortificación y la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor. Y seguir entonces los pasos de Cristo, con afán de corredimir a todas las almas".

"Dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una misma cosa con Él". No sabemos dónde estaban los Apóstoles aquella tarde, mientras dan sepultura al Cuerpo de Señor. Andarían perdidos, desorientados y confuso, sin rumbo fijo, llenos de tristeza.

Si el domingo ya se les ve de nuevo unidos es porque el sábado, quizá la misma tarde del viernes, han acudido a la Virgen. Ella protegió con su fe, su esperanza y su amor a esta naciente Iglesia, débil y asustada. Así nació la Iglesia: al abrigo de nuestra Madre. Ya desde el principio fue Consoladora de los afligidos, de quienes estaban en apuros. Este sábado, en el que todos cumplieron el descanso festivo según manda la ley, no fue para Nuestra Señora un día triste: su Hijo ha dejado de sufrir. Ella aguarda serenamente el momento de la Resurrección; por eso, no acompañará a las santas mujeres a embalsamar el Cuerpo muerto de Jesús.

Siempre, pero de modo particular si alguna vez hemos dejado a Cristo y nos encontramos desorientados y perdidos por haber abandonado el sacrificio y la Cruz como los Apóstoles, debemos acudir enseguida a esa luz continuamente encendida en nuestra vida que es la Virgen Santísima. Ella nos devolverá la esperanza. "Nuestra Señora es descanso para los que trabajan, consuelo de los que lloran, medicina para los enfermos, puerto para los que maltrata la tempestad, perdón para los pecadores, dulce alivio de los tristes, socorro de los que la imploran". Junto a Ella nos disponemos a vivir la inmensa alegría de la Resurrección.

N.H. Rvdo Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui

Director Espiritual

"Victoria, tú reinarás, oh Cruz, tú nos salvarás"

La cruz forma parte de la vida del cristiano. No hay seguimiento de Jesús, sin tener en cuenta la existencia de la cruz. No podemos pretender contarnos entre los amigos del Señor apartándonos de esa cruz que nos configura con Cristo crucificado y que nos lleva a poder vivir y experimentar la resurrección con Él.

Toda la vida del cristiano es un viaje apasionante. Es el viaje hacia la libertad, hacia aquello que le hace ser y, desde lo cual, puede crecer en profundidad, en verdad, en autenticidad. Ese viaje hacia la libertad, hecho con libertad, en el que vamos viendo cómo se nos terminan cayendo tantas cosas que quieren pegarse a nuestro corazón pero que, constantemente, lo apagan porque no forman parte de su ser en plenitud. Ese viaje hacia la libertad, ese éxodo que tenemos que recorrer en nuestra vida, tiene como meta el amor, realidad central, esencial y primera del hombre, la única verdad que conforma consolida, fortalece y hace crecer al hombre en lo que es. Es el viaje que todos tenemos que hacer para comprender de verdad porqué la fe, la vida cristiana es una apuesta de totalidad por la vida en plenitud del hombre creado por un Dios absolutamente apasionado con su criatura preferida.

Este viaje de la libertad para llegar a vivir desde el amor, para no rechazar la cruz y no tener miedo a hacerla nuestra, tiene diferentes etapas.

1.- DIOS: PRINCIPIO Y FUNDAMENTO. "Y ahora así dice el Señor; el que te creó, Jacob; el que te formó, Israel: No temas que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre, eres valioso para mí y eres mío". (Is 43)

Una primera etapa es llegar a conocer, experimentar, sentir y gustar a Dios como el principio y fundamento de nuestra vida. Todo comienza en nuestra vida contemplando cómo todo lo que soy es obra gratuita de un Dios que, amándome, me ha dado la vida, de un Dios que me ha creado para derramar en mi todos sus beneficios. Tu vida tiene un inicio claro, un comienzo en esta vida, después de un período en el que Él mismo empleó un tiempo para poder soñarte y derramar en ti toda su pasión, toda su bondad, toda su ternura, toda su ilusión y mucho más.

Te ha creado con una imagen que estaba en su corazón, la imagen que nos conduce a querer vivir desde el deseo de hacer realidad en nosotros el hombre nuevo. Él te ha rescatado, te ha mirado con ojos de misericordia, para ofrecerte, para regalarte aquello que más feliz te haga. La oferta y el regalo de Dios siempre es el más de lo que podamos desear. Todo lo que un corazón totalmente prendado del Señor es capaz de soñar para sentir la sensación y el gusto más impresionante, sintiéndome hijo de un Dios que me creó para la inmortalidad porque me creó sin ninguna intención de dejarme de amar jamás. Al principio de todo estuvo el amor, aunque no lo sienta, aunque no  lo reconozca. Antes que nada, Dios ya estaba imaginando cómo poder hacerte feliz. Dios te ama y eres tremendamente valioso para Él.

Todo esto nos lleva a descubrir en nuestra vida, un Padre que nos pide fiarnos de su amor, que nos pide crecer en la libertad de nuestra entrega, que nos pide valentía para dejarnos hacer y vivir como hombres nuevos. En estos días, saborea la paternidad de Dios en tu vida, saborea a gratuidad del amor que Dios te ha tenido. No te ha creado por obligación, no eres fruto de la casualidad, sino de su desbordante amor. Te ha creado con un proyecto, con una vocación que vivir y realizar. Lo que hay en ese proyecto es necesario para el mundo y para las personas con las que te encuentres. Por eso, eres valioso para Él, porque ha depositado en ti mucho bien para mucha gente. Tu vida depende de la respuesta que le des.

Esto nos debe ayudar a entender que hemos recibido la vida con un destino definitivo vinculado al plan de Dios. Nadie ha apostado más por cada uno de nosotros como lo ha hecho el mismo Dios. Y ahí nos lo encontramos, a lo largo de toda la escritura, haciendo lo posible y lo imposible porque nuestro corazón se volviera a Él y dejáramos de un lado los ídolos que nos esclavizan y ocultan la maravilla de una vida vivida en las manos del Padre de la misericordia, del amor que transforma. Entrar en el misterio del Padre, recuperar la verdad primera y esencial de nuestra vida, es un elemento fundamental que debemos hacer nuestro para realizar el viaje de nuestra libertad y entrar espiritualmente de lleno en este tiempo de gracia que vivimos, contemplando los misterios centrales de nuestra salvación. El misterio de Dios es un misterio de paternidad y de amor que tiene como consecuencia el querer abandonarnos en los brazos poderosos de quien podemos fiarnos.

Nuestro Dios, que te ama y para el que eres valioso, te llama por tu nombre. Dios te creó con un nombre. Tu nombre. Y esto no es un detalle poco importante. Con ese nombre, por un lado, te dice que no se desvincula de ti, que para Él eres su hijo, que has salido de sus manos y su corazón, que eres alguien que le importa y que sólo podemos vivir en estrecha unión con Él. Con ese nombre, te da la gracia de sentirte suyo. Porque eres suyo. Por otro lado, en ese nombre acoge todo lo que eres, quiere derramarse a través de lo que eres, con ese nombre te recuerda que tu crecimiento sólo está en dejarte alimentar de su voluntad, de llevar hacia delante su proyecto de salvación para los demás.

Con tu nombre, al recordarte con él que te ama y que eres valioso para Él, te da una forma de vivir muy concreta: el mandamiento del amor, que te llevará a amar a todos los hombres y, de esa manera, hacerles valiosos también delante de Dios y de los hombres. El hombre es valioso en cuanto ama, no en cuanto posee bienes. Vivir amando despierta corazones, porque despierta al hombre a su propia verdad: el amor. Formados por un Dios que ama, solo existimos en el amor, permaneciendo en el amor.

Nuestro Dios, que te ama, de cuyas manos de ternura has salido y para el que eres muy valioso, te llama para adentrarte en una historia en la que su fidelidad será la roca y la única garantía que necesitamos. Acaso una historia que comienza con un amor que nos desborda, que nos desarma, que nos sobrepasa, ¿no nos pone por delante que Dios está empeñado en conducirte a la plenitud de vida? Si algo nos hace ver este texto, es la profunda y permanente fidelidad de Dios con aquellos a los que elige. Pasen por donde pasen y vaya por donde vayan, siempre experimentarán la cercanía y la fidelidad de Dios... aunque no lo sientan o no lo vean. Porque nos ama y somos valiosos para Él.

Su fidelidad es auténtica y su amor está a prueba de sospecha. Ha hecho mucho y seguirá haciéndolo para convencernos de que sólo Él es el único receptor de todo nuestro amor, de nuestra entrega, de nuestro sacrificio, de toda nuestra vida. Quien "ha entregado a Egipto,, Etiopía y Saba como precio de rescate por ti", quien "entrega hombres a cambio de ti, pueblos a cambio de tu vida", quien ya te ha llenado tu vida y tu corazón de razones por las que confiar en Él, sólo te pide que, de verdad, te dejes caer en sus manos. Nunca te dejará solo porque te ha creado para su gloria.

Reconocer los beneficios de Dios, la presencia de Dios en nuestra vida,  nos lleva a fortalecer nuestra fe. Dios es siempre presencia permanente en mi vida y providencia en cada jornada porque el recuerda su alianza conmigo eternamente. Lo que hace que se fortalezca nuestra identidad y condición de creyentes es, de un lado, el reconocimiento de los dones recibidos por parte de Dios y, de otro, el agradecimiento por cada uno de ellos en la entrega de la vida como única respuesta a un amor inmerecido y siempre nuevo.

Conociendo todo esto, sintiéndonos como peregrinos que recorren el viaje de la libertad, será precisamente en ésta desde donde podamos ser fuertes para hundir las raíces de nuestra vida en la roca que es Cristo. Cuanto más sepamos quien es Dios en nuestra vida y cuanto más sepamos quiénes queremos ser nosotros, más libres y más fuertes seremos  para poder seguir a Cristo crucificado que, confiado en las manos del Padre, resucita para todos los hombres. Nuestra fuerza está en la libertad, que nos sitúa en nuestras elecciones y nos conduce por el camino de la propia verdad. Con Jesús, el mismo Dios hecho hombre,  nuestro alimentos es hacer la voluntad del Padre. Es la fuerza del amor lo que no permite que muramos, es la fuerza del amor la que saca de nosotros lo más auténtico. Por eso, el que ama muere: muere a lo que le impide amar y ama lo que le ayuda a mantenerse cerca del camino del maestro.

2.- EL DRAMA DEL DESAMOR EN NUESTRA PROPIA VIDA. "Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he ofendido? Respóndeme" (Miq 6, 3)

El pecado implica cierta enajenación, una experiencia de éxodo. No estoy como en casa propia. Me siento como si no fuera yo, incómodo. Y es que el pecado rompe el habitáculo al que el hombre está destinado:  el amor y la paz. Y le deja como desguarecido, como sintiendo el peligro del que no está protegido. Es una situación de angustia, de inestabilidad, de incomodidad interior. Ante el amor gratuito y desbordante que gustamos y experimentamos, sin embargo, también llegamos a sentir vergüenza y confusión ante la propia verdad. El amor de Dios deja al descubierto que mii respuesta muchas veces es contraria. Se me cae la falsa careta que me lleva a criticar el pecado del otro y olvidar que yo soy igual de pecador. Ver el amor sobreabundante de Dios en mi vida y ver cómo es mi respuesta, me hace sentir una compunción profunda, inicio de una conversión mucho más real.

El hombre, desde su responsabilidad, desencadena múltiples consecuencias negativas (Gn 3, 1) El libro del Génesis describe el proceso del pecado que comienza por una atracción de algo que no me hace bien, pero me dejo llevar. Es una fascinación que nos apodera, que quiero conseguir como sea pero que termina produciendo gran insatisfacción y frustración porque implica la ruptura con Dios. El pecado destruye lo más humano de nosotros que es el amor y la comunión con los hermanos.

Hablamos, por tanto, del pecado como drama del desamor. El hombre rechaza su condición creatural, rechaza a aquel de quien lo ha recibido todo. Es como un decir: "Yo sé mejor que tú lo que a mí me conviene". Dios me humaniza y sin Él yo me convierto en la medida de todo.

Y todo por el engaño: Ser más que nadie no seduce. El impulso a ser en verdad, no tiene que ver con estar por encima de nadie sino en amar sin medida, darnos por completo, ir y salir hacia Dios. La fuerza del diablo en nuestra vida está en su capacidad de engañarnos: "El fruto era apetecible a la vista". En la experiencia de pecado surge la frustración: "Me siento mal...", "pensaba que...", pero me he dado cuenta, etc. El resultado es la ruptura con Dios (me escondo, no quiero verlo porque me avergüenzo) y la ruptura con los hombres ("es que la mujer que me diste". "es que la serpiente") terminando culpabilizándonos unos a otros sin admitir responsabilidad personal propia.

Y por eso me siento sin vida. El viaje a la libertad me enseña a tomar las decisiones oportunas para construir mi vida. Decisiones que apunten a Dios, a lo más esencial de mi vida, a lo que realmente soy.

De vez en cuando, nos viene bien contemplar la historia de nuestro pecado, pero desde la misericordia de Dios. Contempla cómo ha sido tu respuesta al amor incondicional y fiel de Dios contigo. Si hemos conocido el amor de Dios, sentiremos en nuestro interior una sensación de infidelidad, de pesar por no haber respondido como Dios se lo merecía. Y en este punto, te invito a que contemples al crucificado. Contemplar a Jesús muerto en la cruz, al Santísimo Cristo de la Misericordia, nos invita a tomarnos en serio el precio que Jesús ha pagado por nuestro pecado. Haz un coloquio, es decir, un diálogo de amistad y de amor consecuencia de lo que sientes ante tu pecado.

En la cruz se revela el misterio del pecado y de la redención. La cruz es el juicio de Dios sobre el pecado humano que deshace nuestra humanidad, y contemplar a Jesús en la cruz pone en evidencia el horror del pecado que ha destrozado incluso al Hijo de Dios. El pecado destroza al hombre. En esto no puede haber lugar para pactos. La cruz pone en su sitio la relativización o minimización del pecado. Mi acción u omisión puede terminar crucificando a otros. Jesús en la cruz nos habla de la seriedad y de la realidad, con trágicas consecuencias, que es el pecado. Decía San Anselmo: "todavía no han considerado de cuánto peso es el pecado". Después hay una frustración radical.

La cruz, además de revelar el drama humano del pecado, es también la revelación de la misericordia de Dios. Es antídoto contra el peligro del desaliento y la desesperación. Dios en la cruz reconcilia al mundo consigo y ahí comienza la redención. A partir de la cruz puede cambiar nuestra vida. La cruz es el asiento de la misericordia, la fuente de la salvación. La cruz nos rescata de lo que nosotros no podemos salir. El amor de Dios todo lo transforma. El pecador tiene que aprender a que el redentor bañe su existencia con su sangre y agua para renacer a una vida nueva.

La mirada se centra también del Señor a mi realidad. Miro al Señor pero me miro a mí y ahí me pregunto cómo he respondido al amor divino, a la iniciativa de la redención. Me pregunto con sinceridad lo que he hecho, lo que hago, lo que debo hacer por Cristo. ¿Qué hago por Él? ¿Qué debo hacer por Él? La promesa de un amor mayor pide avanzar y crecer.

Esta experiencia nos coloca en nuestra realidad descubriendo la misericordia de Dios en la que experimento el pecado con un dolor que sana porque brota del amor. Dolor y pena por no haber amado más y eso nos cura, nos hace bien. Un dolor profundo que brota de la experiencia de la misericordia por no haber respondido al Señor. El dolor viene de la experiencia del amor de Dios. ¡Cuánto me ama Dios y qué cicatero soy yo! A Pedro le parte el corazón la mirada de Jesús que le devuelve la ternura con la que siempre le miró. Sin reproche, Jesús le mira con amor y le tumba. Pedro se siente desbordado por el amor sobreabundante y permanente de Dios que no es como el nuestro.

La compunción es ese dolor que nos lleva a cambiar desde la contemplación en la propia vida del amor fiel y misericordioso de Dios. Es un dolor que no hunde, sin que nos pone en camino de conversión. El amor de Dios me sana y me cura. Sólo la experiencia de este amor grande fortalece el deseo de la conversión. Y ésta es vivir cada día abierto a la intervención de Dios en nuestra vida sabiendo que nada hay como aquello que espere de Dios. La conversión es, al final, cómo respondo con amor al amor que Dios me tiene. Es caminar hacia ese hombre nuevo que está en nosotros y que el pecado oculta. El protagonista de tu vida no es el pecado sino el Dios fiel que te busca para amarte, sanarte y curarte.

La experiencia espiritual de la Semana Santa, como momento fundamental de nuestro viaje a la libertad, es el momento de profundizar en mi relación con el Señor y revisar todo esto. ¿Es mi respuesta una respuesta de amor permanente a Dios? Y contemplar realmente las consecuencias, en mi propia vida, cuando no hay amor de verdad. Y si somos justos con nosotros mismos, sabemos que no nos queda más que amar en todos los instantes de nuestra vida porque de Dios sólo, siempre y únicamente, recibimos amor.

El desamor es un drama para quien ha sido creado para vivir en comunión de amor con quien es la Vida, porque eso me rompe, me falsea, me destruye. En todo esto es fundamental la respuesta del Señor al mal espíritu en el desierto: Sólo mirando a Dios, sabiéndome vivo en cuanto que permanezco en su amor y no apartando mi mirada de Él, es como puedo ser fuerte ante las invitaciones o tentaciones del enemigo que, muchas veces, es el que nos dice que para qué luchar si soy como soy y no podré salir de donde estoy. ¿Quién tiene más peso en mí, Dios o el diablo? Jesús sale vencedor porque no deja engañar, porque sabe quién es, porque no permite que nadie quiebre su identidad más profunda y porque quiere seguir siendo según los planes del Padre, donde descansa porque realmente nos dan la vida.

Al contemplar nuestro propio pecado contemplamos la desbordante misericordia de Dios. Un Dios que no nos deja caer, que no nos deja condenarnos a vivir de cualquier manera. Dios regenera, rehace, renueva y la respuesta sólo puede ser... ¡me voy detrás de ti, Señor!

3.- QUIERO SEGUIR SIEMPR AL SEÑOR

"El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con la cruz y me siga". (Mc 8, 34-38)

Por eso, si algo podemos volver a rescatar en este tiempo de gracia, de verdad, de deseo de ordenar la propia vida, es el convencimiento de que sólo desde Dios vivo y para Él quiero que sea mi existencia. Negarse a uno mismo implica reconocer de verdad que la vida no viene de lo que yo quiero, que el hombre no se alimenta de sí mismo, de sus deseos o apetencias, sino de Otro con mayúsculas y de la vida que mismo es y da. Esta invitación de Jesús es una invitación a dar verdad a lo que somos y a no recorrer caminos que no nos llevan a ningún lado. Tras experimentar quién es Dios en mi vida, gustar su amor, su misericordia y cómo su respuesta es siempre de esperanza ante mi tentación de pensar que nada puedo hacer ante el pecado, no sólo deseo profundamente seguir a quien me ha conquistado, sino además profundizar en la relación con Jesús que se convierte en el centro y en la referencia fundamental de mii vida.

"Conocimiento interno del Señor que por mí se ha hecho hombre para que más le ame y le siga", es la gracia que se pide en la segunda semana de los EE de S. Ignacio. Conocerlo más, como necesidad esencial de mi vida, para amarlo más y mejor, y seguirle tal y como es, no como a mí me gustaría que fuese. Así, contemplamos cómo toda su vida pública es la manifestación concreta de la vida de alguien que ha apostado por el hombre y para el cual no hay ninguna situación en la que su amor no venza la presencia del maligno. Jesús es la medicina para el hombre, y esa es la razón por la que tantos abandonaron una vida mediocre y encontraron en despojarse de si la mayor libertad para llegar a ser de verdad.

Y vivir esto es querer ponerse en posición de seguimiento de Jesús, de dejar que vaya delante de mí, de querer configurar mi vida con Él, sabiendo que Jesús revela al hombre la auténtica manera de ser hombre. Ir detrás de Jesús es andar el camino de la verdad, de la libertad, del crecimiento de mi vida. Y en Jesús, toda su vida es despojamiento, desprendimiento de sí. Siendo de condición divina no hizo alarde de su categoría de Dios ello y se hizo uno de nosotros hasta hacerse esclavo y morir en la cruz. Esto sólo lo hace posible el amor.

Hablar de cruz implica hablar de amor, de amor fiel, entrañable, incondicional. De amor infinito y generoso, de amor que no busca reconocimiento ni respuesta, porque "si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Es el amor que lleva a decir al Rey que tiene su trono en la cruz: "Padre perdónalos a todos, porque no saben lo que hacen". En este momento, os invito a tener en la retina del corazón toda la peregrinación que constituye la vida pública de Jesús.  Peregrinación de misericordia, de fidelidad, de esperanza, de ternura, de muerte a sí mismo, de cercanía, de vidas renovadas, ilusionadas y transformadas, de oración confiada y permanente. Contemplar a Jesús en su vida pública es contemplar el amor más maravilloso desplegado que levanta corazones y nos hace entender lo ambicioso que es el Señor con nosotros en su deseo de hacernos felices de verdad.

El que quiera seguirme que no se busque a sí mismo, que adopte la posición del que quiere tomar la cruz, sabiendo que ello implica la mayor opción de libertad para vivir configurado con ese mismo amor que llevó a Jesús a la muerte. Jesús es claro con nosotros desde el principio y no oculta lo que tiene que vivir quien quiera seguirle. Su seguimiento no es un seguimiento de cara a la galería o de relumbrón, o para buscar puestos o reconocimientos. Es el seguimiento del que no busca ser más que su maestro y encuentra en la cruz la forma de aprender a ser más fiel, a amar mucho más y mejor, a confiar en medio de la dificultad. Ser seguidor de Jesús es tomar la cruz, es abrazar la cruz de los pobres, los desesperanzados, los enfermos, los que viven sin norte, los que lo han perdido todo.

Y así: "El que me sigue no camina en las tinieblas sino que tendrá la luz de la vida". La luz que brota de retirar la mirada de mí mismo y ponerla en el otro. Vivir al estilo de Jesús es encontrar la vida del corazón creado para vivir en Él, que es lo mismo que decir con, por y como Él.

 4.- LA CRUZ, SALVACIÓN PARA QUIEN SIGUE A JESÚS. "Cuando yo sea levantado sobre la tierra atraeré a todo hacia mí". (jn 12, 32)

Toda la vida de Jesús fue un continuo y progresivo despojo de sí mismo. Nada de lo que fuera o tuviera podía ponerse por encima de su misión y su identidad. Cuanto más centrado estaba en este punto, más desinstalado de sí mismo y de todo lo demás vivía. Un constante morir, para encontrar en esa muerte la forma de vida. Una existencia pascual, con un punto culminante en la entrega de la vida en la cruz. Y todo eso por cada uno de nosotros. Todo eso por ti.

Hasta llegar a la cruz, Jesús deja como enseñanzas algunos de los episodios que nos muestran lo esencial para quien quiera ser su seguidor. En el lavatorio de los pies, Jesús sorprende a los discípulos, una vez más, poniéndose a los pies de cada uno. Jesús comunica la suerte que les espera y los apóstoles entran en una especia de silencio distante. No queremos problemas, no miramos a la realidad como es. No preguntan, cambian de tema. A partir de aquí, Jesús sentirá la soledad porque no puede llegar a los apóstoles que siguen pensando en un seguimiento a su manera. Se abre un abismo de incomunicación. Jesús tiene necesidad de compartir y ve que ellos se van retirando. Los apóstoles sienten la tragedia cercana y se distancian. Jesús intenta salvar esa diferencia que, sin embargo, se hará cada vez más grande a lo largo de la noche. Jesús trata de romper con el gesto del lavatorio el muro y ayudarles a entender lo que ha sido su vida y lo que le queda hasta la cruz.

Jesús los amó hasta el extremo. Jesús lleva a plenitud el amor vivido. El término de un amor que no se echa atrás ante las dificultades y un amor que se da enteramente, se vacía, es decir, en Jesús contemplamos ese amor que ya no puede amar más.

Este gesto es el icono del descenso de Jesús en su vida terrena. Lavar era el oficio de un siervo, de un esclavo. Jesús quiere llamar la atención con este gesto muy pensado para decir a sus discípulos lo que debe ser su propia vida. Una vida de descenso, de abajamiento, de entrega por amor. ¿Qué la pasaría por la cabe a los discípulos cuando contemplan a Jesús a sus pies? ¿Y a ti? Jesús siendo el Señor se hace el siervo, el esclavo de todos.

Después de la cena, se inicia el camino de Jesús con sus discípulos hacia Getsemaní.

Pedro, Santiago y Juan son testigos privilegiados de los momentos más densos de la vida de Jesús. Él los quiere preparar para este momento tan impresionante, en el extremo del dolor. Ellos son los compañeros del Señor, que ora en soledad porque necesita ser consolado en su corazón humano. En el momento del dolor necesitamos de compañía adecuada, necesitamos de una presencia de calidad. El Señor la quiso, pero no la tuvo. El Señor tuvo a los apóstoles dormidos. Gran contraste entre su dolor y soledad y el sueño de ellos. El Espíritu es valiente pero la carne quebradiza. El que mira a Dios permanece de pie, el que no entra por lo que Dios le indica, el que se mira a sí mismo, se pierde, se quiebra. Hay que orar para resistir la tentación.

Jesús se dirige a su Padre: ¡Abbá! Es el único momento en el que Él la utiliza. Una palabra propia de los niños. Le pide retirar la copa de la ira, de la violencia, del odio, pero vuelve a afirmar su deseo de hacer la voluntad del Padre porque ahí está su misión y su propia identidad. Y Jesús la reafirma con entereza.

Jesús vuelve a los apóstoles, les invita a levantarse y caminar hacia los que vienen. ¡Levantaos, vamos! ¡Basta!, la muerte aceptada voluntariamente. Es un gesto de imperio, de libertad, de elección del Señor en el que se ve la correspondencia entre su vida y su final. De entrega. Yo doy la vida, nadie me la quita. Yo la entrego.

Y queda preso. Tenemos que contemplar lo que Cristo en su humanidad padece. Jesús se hace juguete del poder del mundo y pierde su autonomía, siendo llevado de un sitio a otro a empujones y al antojo de sus verdugos. Contemplemos las manos atadas de Jesús, ¿qué han hecho esas manos? Bendecir, levantar, abrazar... son tratadas como las manos de un malhechor.

Abandonándolo todos, huyeron. Todos se van. La pasión tiene una forma aguda de soledad. Se rompe así la comunidad de vida, de amor y de misión. María desde lejos es, sin embargo, la figura del que no se separa de Jesús (figura de la Iglesia que no se separa de Jesús)

El juicio al que Jesús se somete no tiene ninguna garantía. Se lleva a cabo sin intención de buscar la verdad y con una sentencia ya dictada. Sus enemigos quieren quitárselo de en medio. Pero sus amigos también lo niegan. Dice el evangelio de San Marcos que Pedro le sigue a distancia, de manera vergonzante, indigna, con miedo y sin dejarse descubrir. Con curiosidad, pero con vergüenza y miedo.

Pedro es el brabucón que se arruga ante una criada. Es descubierto por su acento. Tres veces responde con violencia que no tiene nada que ver con Jesús. Pedro pierde el control y fuerza su mentira con palabrotas y juramentos. La negación es el pecado contra la misión que había recibido de confirmar en la fe a los hermanos y en el momento más importante de su vida dice que no conoce a Jesús. Su llanto brotará de muy dentro. A Pedro le rompe la mirada de amor de Jesús que le atraviesa por completo el corazón. Una mirada a distancia y sin palabras y Pedro vuelve en sí (cuántas veces necesitamos esta mirada nosotros para volver en sí y volvernos a poner en nuestro sitio) y rompe a llorar amargamente reconociendo con dolor su pecado.

Nuestro viaje hacia la libertad auténtica pasa por la cruz. En esta contemplación de su pasión y muerte en la cruz, nuestro deseo es estar con Jesús, enjugar su rostro y perdernos en su corazón abierto. Jesús es llevado por la vía dolorosa hacia el Gólgota. Jesús es crucificado en un lugar donde pueda ser visto por los viandantes, para dar ejemplo, para retener a quien tuviera la intención de hacer lo mismo que Jesús. Esto añadía más ignominia a todo. Muere como un maldito.

Os invito a acompañar a Jesús en este último tramo del camino desde una petición que nos identifica plenamente con lo que está ocurriendo. Pediremos: Dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas, pena interna de tanta pena que Cristo pasó por mí. La contemplación de la Pasión es participar de los sentimientos del corazón de Cristo que va a la pasión por mí. Nosotros estamos implicados en todo esto que contemplamos. ¡Todo esto es por mí!

Los soldados echan mano de uno que venía de trabajar. De Simón de Cirene no se sabe si después fue verdadero seguidor de Jesús. Pasa de ser forzado a querer llevar ese madero con alegría. Contemplamos una vía dolorosa a mediodía, con el mercado lleno de gente y mucho movimiento en la ciudad. Algunos se pararían por curiosidad, otros pasarían indiferentes ante lo que ocurría, otros alegres con lo que veían, otros sufriendo profundamente...

Contempla esa escena en la que Simón carga con la cruz y pregúntale ¿quieres cargar tú libremente con amor con el leño verde de la vida? La cruz aceptada con amor trae vida, y la rechazada envilece y aplasta. Cómo nos coloquemos ante la cruz es muy importante. El Señor hoy nos ofrece acompañarle. La contemplación de la cruz es muy comprometedora, porque nos sitúa a cada uno en nuestro lugar. Conociendo que todo esto que contemplo es por mí, ¿qué sentimientos provoca? ¿a qué me invita? ¿Qué debe cambiar en mi vida?

La crucifixión. Mc 15, 22,25.

Cuando yo sea levantado sobre la tierra atraeré a todo hacia mí  (Jn 12, 32; 3,14) No ha habido en el mundo fascinación más poderosa que la ejercida por este bendito signo de amor y de vida para todos. Con clavos atan las manos y los pies a la cruz. Muchísimo dolor el de Jesús. Su cuerpo es levantado con poleas.

La contemplación de este acontecimiento nos lleva a clavar los ojos en el signo del amor y de la victoria. Hemos sido picados por la serpiente del egoísmo, del pasteleo, de la infidelidad, y mirar al crucificado nos curará. ¿Qué tiene la cruz que ha robado tantos corazones? Como en el caso del centurión, que dice: "Realmente, este hombre era el Hijo de Dios". ¿Qué tiene ese misterio de la cruz que no podemos apartarnos de él? Hay algo atractivo en este amor humillado. Jesús es fuente de amor y de vida y nos es imposible poder apartar nuestra mirada de Él-

En la cruz, Jesús es despojado de todo. Mc 15, 24-32.

La cruz es el despojo progresivo de todo lo que el Señor tiene. De sus vestidos (Sal 22), como despojo total del Señor. La desnudez es humillante para los judíos. Muere así despojado de dignidad (Is 53,12), de salud. Se le quitan sus pertenencias (vestidos) y al fin entregará la vida. Muere despojado de todo reconocimiento: insultado por los viandantes, rodeado de insultos y desprecios. Al final muere despojado entregándolo todo: hasta la propia vida.

 María al pie de la cruz.

Jesús no muere en completa soledad, porque su madre y las demás mujeres lo acompañan. En el evangelio según S. Lucas, podemos ver la conversión del buen ladrón por el amor radical de quien lo contempla con ojos humildes. La cruz sana y cura. En el evangelio según S. Marcos todos le insultan. Muere entre un coro de insultos y la indiferencia de los que pasan por ahí camino de otros lugares. La muerte de Jesús es alegría para muchos y no es noticia para algunos. ¿Qué sentimientos provoca en ti esta escena?

María y las mujeres son la imagen de la Iglesia que acompaña a Jesús. María es la imagen y la figura de la fidelidad. Es cabeza de la Iglesia que nace. Ella abre la peregrinación que se acerca con confianza a la cruz. Mientras los demás han huido, María se acerca y se clava al pie de la cruz. Nos enseña a no huir ante el peligro. María engendra la fidelidad propia del amor. María ha sabido permanecer en segundo plano mientras su hijo tiene que instruir a quienes tendrán que predicar la Buena Noticia. Pero la madre nunca le ha perdido de vista, porque quien tiene dentro a Jesús nunca puede olvidarse de Él. Y María no sólo lo ha tenido dentro, sino que sabe que no hay vida sin que vivamos en comunión con Él. Cuando todos huyen, la madre aparece. María no enseña a permanecer en la dificultad, pero también nos enseña que podemos siempre contar con Ella.

Por eso, Jesús nos regala a su madre. el amor más grande que Él tiene, que es lo mejor que tiene. Él no se guarda nada. Todavía tiene para nosotros en la cruz alguien que no puede faltar en nuestro camino de seguimiento hacia él. Ella es su discípula por excelencia que cumple siempre la voluntad de Dios. Será la madre buena que acompañe a los hijos de Jesús, que nos recuerde que lo importante es vivir en él y que nuestra fuerza sólo está en Él. Recibamos de María la lección de la fidelidad para vivir siempre desde Jesús.

En estos días, que nos invitan a renovar nuestro deseo de buscar en todo al Señor, deja que Ella re reciba como Hijo, y recíbela tú como verdadera madre. Deja que su Piedad y Caridad te acerquen mucho más a Él y te transformen en hombre nuevo para un mundo hambriento de esperanza.

En la cruz, contemplamos la oración de Jesús.

Es muy esencial. Recita el Sal 22: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15,34) con el que manifiesta su entrega confiada en medo e este trance. En Jesús, no se quiebra la confianza porque siempre descansa en el amor del Padre. Jesús acepta el cáliz que bebe hasta el final.

En el evangelio de S. Lucas recita el Sal 31: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23,46): para expresar su absoluto abandono en las manos del Padre. Al Hijo se le oculta la presencia del Padre pero no su saber que Él está siempre. Puede experimentar el silencio de Dios pero sabe que Él nunca le abandona. En la cruz, en la dificultad, en la oscuridad, con su oración, Jesús nos invita a permanecer siempre con nuestra mirada puesta en el Padre para no dejarnos vencer por el desaliento o la desesperanza.

En la cruz, recibimos el don de Jesús.

S. Juan nos coloca diferentes contemplaciones que nos dejan los ojos clavados en Jesús. Propone el costado abierto de Jesús, para hablarnos del vaciamiento de un amor que todo lo entrega a la Iglesia y a la humanidad. En esa agua y esa sangre, los sacramentos de la Iglesia para la vida de todos. El corazón abierto de Jesús nos abre la puerta a un corazón que se ha vaciado. Jesús nos ha entregado todo lo que tiene y, desde entonces, ese corazón que nos ha amado con la inmensidad de Dios a los hombres, nos cobija, nos aloja de tal forma que nada nos podrá arrancar de ese asiento.

La muerte de Jesús es la exhalación del Espíritu.

El ruah es el principio de la vida, pero esta exhalación significa la comunicación del Espíritu de Jesús, del amor. Jesús muere para engendrarnos a la vida y su muerte es un comienzo, una victoria, una puerta a la vida. Nos entrega su espíritu de amor y fortaleza que nos sostiene, incluso, en el momento de la muerte. Jesús nos entrega su espíritu y su vida y, con ello, todo renace.

En la cruz, la nueva vida comienza.

El crucificado es objeto perenne de amor y compasión. Poco a poco, aparece una nueva vida que no se puede ocultar. El velo del templo se rompe. Comienza algo nuevo, surge una vida a lo grande que es vivir del amor de Dios.

Y aparece lo que los profetas contemplan en los momentos difíciles de Israel: un pueblo inmenso surgido de todos los rincones. En este momento, se caen todos los títulos que no sean Jesús y nuestro vínculo con Él. Sólo nos salva Él y nuestra confianza en Él. Como el centurión decimos: "Verdaderamente es el Hijo de Dios". El crucificado es objeto de admiración grande. Lo que ha sido fuente de rechazo, un hecho banal, se convierte en signo de amor y de esperanza. Por Él, mártires y muchas personas perderán su vida para ganarla en Él.

Lo viejo ha pasado. Y nuestros viaje a la libertad de la vida auténtica, ha concluido no en la muerte, sino en la Resurrección. La libertad del discípulo de Jesús es aquella que nos lleva a entender que nuestra vida brota de verdad, y con más fuerza que nunca, cuando estamos dispuestos a recorrer su mismo camino, que es el camino del amor que se muestra disponible a perderlo todo menos lo que le hace permanecer en el amor. La cruz sólo podemos contemplarla desde el amor y la fidelidad de Dios. No perder la libertad de amar y servir es lo que nos constituye en nuestra identidad de discípulos, y quien vive de esta manera es quien ha encontrado la vida para siempre.

N.H. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui

Director Espiritual

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