Les ofrecemos a continuación la homilía del Santo Padre durante la bendición Urbi el Orbi extraordinaria que tuvo lugar ayer en la Ciudad del Vaticano y que es digna a tener en cuenta en estos tiempos difíciles que estamos viviendo.

«Al  atardecer»  (Mc  4,35).  Así  comienza  el  Evangelio  que  hemos  escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas  llenando  todo  de  un  silencio  que  ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendi una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de  que  estábamos  en  la  misma  barca,  todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una nica voz y con angustia dicen: perecemos(cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.

Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre - es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo -. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40)

Tratemos de entenderlo. ¿En qu consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone  a  la  confianza  de  Jess?  Ellos  no  habían  dejado  de  creer  en  l;  de hecho,  lo  invocaron.  Pero  veamos  cómo  lo  invocan:  «Maestro,  ¿no  te  importa que perezcamos(v. 38). No te importa: pensaron que Jess se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: ¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazn. También habrá sacudido a Jess, porque a l le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.

Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir  hacia ti  y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazn» (Jl  2,12). Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer  el  rumbo  de  la  vida  hacia  ti,  Señor,  y  hacia  los  demás.  Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar,  valorar  y  mostrar  cómo  nuestras  vidas  están tejidas y sostenidas por personas comunes  - corrientemente  olvidadas - que  no aparecen  en portadas de diarios y de  revistas,  ni  en  las grandes  pasarelas del ultimo show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los  acontecimientos  decisivos  de  nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos, pero  tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jess: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos  padres, madres, abuelos y  abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar  nuestra  fe pascual. Tenemos un  ancla:  en su Cruz hemos sido  salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No  apaguemos la llama humeante (cf.  Is  42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo.

Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, descargamos en ti todo nuestro agobio, porque T nos cuidas (cf. 1 P 5,7)

Les ofrecemos a continuación la oración que se ha leído hoy (25 de marzo de 2020) en el Santuario de Fátima para la consagración de la Iglesia en España y Portugal al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María por las víctimas del coronavirus Covid-19.

 

Corazón de Jesucristo, médico de las almas,

Hijo amado y rostro de la misericordia del Padre,

la Iglesia que peregrina sobre la tierra en Portugal y España -naciones que son Tuyas-

mira para Tu costado abierto, que es su fuente de salvación, y

Te suplica:

En esta singular hora de sufrimiento,

asiste a Tu Iglesia,

inspira a los gobernantes de las naciones,

escucha a los pobres y a los afligidos,

enaltece a los humildes y a los oprimidos,

sana a los enfermos y a los pecadores,

levanta a los abatidos y a los desanimados,

libera a los cautivos y prisioneros

y líbranos de la pandemia que nos afecta.

Corazón de Jesucristo, médico de las almas,

elevado en lo alto de la Cruz y palpado por los dedos del discípulo en la intimidad del cenáculo,

la Iglesia que peregrina sobre la tierra en Portugal y España -naciones que son Tuyas-

Te contempla como imagen del abrazo del Padre a la humanidad,

ese abrazo que, en el Espíritu del Amor, queremos darnos unos a otros

según Tu mandato en el lavatorio de los pies, y

Te suplica:

En esta singular hora de sufrimiento,

ampara a los niños, a los ancianos y a los más vulnerable

conforta a los médicos, a los enfermeros, a los profesionales de la salud y a los 

voluntarios cuidadores,

fortalece a las familias y refuérzanos en la ciudadanía y en la solidaridad,

sé la luz de los moribundos,

acoge en Tu reino a los difuntos,

aleja de nosotros todo mal

y líbranos de la pandemia que nos afecta.

Corazón de Jesucristo, médico de las almas e Hijo de Santa María Virgen,

por medio del Corazón de Tu Madre,

a quien se entrega la Iglesia que peregrina sobre la tierra

en Portugal y España -naciones que desde hace siglos son Suyas-

y en otros países,

acepta la consagración de Tu Iglesia.

Al consagrarse a Tu Sagrado Corazón,

la Iglesia se entrega a la protección del Corazón Inmaculado de María,

configurado por la luz de Tu pascua y aquí revelado a tres niños

como refugio y camino que conduce a Tu Corazón.

Sea Santa María Virgen, Nuestra Señora del Rosario de Fátima,

la Salud de los Enfermos y el Refugio de tus discípulos nacidos

junto a la Cruz de Tu amor.

Sea el Inmaculado Corazón de María, a quien nos entregamos, quien diga con nosotros:

En esta singular hora de sufrimiento,

acoge a los que perecen,

da aliento a los que a Ti se consagran

y renueva el universo y la humanidad.

Amén.

 LECTIO DIVINA SOLEMNIDAD DE LA ENCARNACIÓN. (Lc 1, 26-38)

Queridos hermanos:

 

En estos días en los que estamos viviendo esta situación que tano nos está haciendo sufrir, en medio de este tiempo de cuaresma, en el que estamos llamados a una conversión profunda del corazón, y de la mano de María, os invito a que podáis hacer un momento de oración con el texto evangélico que hoy la Iglesia proclama en este día de la Solemnidad de la Encarnación. Os invito a hacer esta oración a través del método de la Lectio Divina, método de oración muy antiguo y que nos ayuda a poder profundizar en el sentido del texto con el que queremos orar.

Pidiéndole a nuestros Sagrados Titulares que todo esto que vivimos termine y que os protejan, ponemos en sus manos a todos aquellos que nos ayudan a que esta circunstancia termine cuanto antes. Os invito a que tengáis presente en vuestra oración a todos los sanitarios, a sus familias, así como a todos aquellos que sufren la enfermedad y los que han fallecido a consecuencia de la misma.

1.- Nos ponemos en la presencia del Señor: STATIO.- Disposición interior.

Antes de entrar en la lectio en sí, necesitamos prepararnos interiormente. La oración no es algo mecánico, ni tampoco algo nuestro. Oramos en la conciencia de que es el Espíritu Santo quien nos guía y enseña. Surcamos los terrenos de Dios. La oración es don y una gracia que hay que pedir. Por eso, nos situamos ante el Señor sabedores de nuestra pobreza y nos presentamos ante él con un corazón humilde y abierto a las mociones del Espíritu, que nos conduce por el camino por el que Dios quiere encontrarse con nosotros. Es momento para vaciarnos de nosotros, momento para desear lo que Dios quiere para nosotros, momento para pedir la gracia de la oración, la gracia del deseo de Dios, la gracia de dejarnos por él, la gracia de la primacía de Dios en nuestra vida. Piensa ante quien estás y gusta su mirada de misericordia y de ilusión por ti, por tu vida, por todo lo que ha pensado para ti.

Saliendo de nosotros, de lo que nos pasa, lo que nos preocupa, etc,. seremos capaces de poder hacer silencio interior. Nuestra atención y nuestro corazón apuntan siempre al más de Dios. En él se encuentra nuestra paz, Date tiempo para entrar en la oración. Las cosas de Dios vienen por gracia... y necesitan un corazón abierto y atento. Hoy quiere que le dejes tu barca, quiere entrar en tu vida.

  •  Invocamos la presencia del Espíritu Santo...

Ven, Espíritu Santo,

Ven, e inspírame siempre.

Envíame la sabiduría que procede de Tí.

Dame, Señor y dador de vida,

los dones que me ayuden a clarificarme:

lo que debo pensar,

cómo debo orar,

lo que debo decir y cómo

lo que debo esperar y cómo

lo que debo exigirme,

a lo que debo renunciar,

por lo que debo optar.

y cómo buscarte para que haga en este tiempo de adviento,

siempre y en todo tu voluntad.

 

2.- LECTIO: ¿Qué dice el texto?

Al sexto mes envió Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María, Y, entrando, le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo". Ella se turbó por estas palabras y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús. Él sera grande, se le llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin." María respondió al ángel: "¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?" El ángel le respondió:"El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez y este es ya el sexto mes de la que se decía que era estéril, porque no hay nada imposible para Dios." Dijo María:" He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra." Y el ángel, dejándola, se fue.

3.- MEDITATIO.- ¿Qué me dice a mi esta palabra, ahora, en mi momento actual?

  • "Al sexto mes envió Dios... a una virgen".

La llamada de María tiene lugar en el transcurso de un diálogo cercano, transparente, íntimo con el Señor. Dios sale en busca de la mujer sencilla y dócil, de aquella que se hará disponible por completo al deseo de Dios para ella. El amor es mucho más que palabras. El amor percibido en una mirada profunda y llena de ternura, hace que el corazón de quien la recibe no pueda sino ponerse al servicio de aquel que, mirando así, ya está poniendo de manifiesto lo lo que está dispuesto a hacer por ella. La oración es encuentro amoroso que nos orienta a la plenitud.

María es aquella que vive buscando siempre la voluntad de quien ama. El tiempo de cuaresma es ocasión para prolongar, para profundizar más en nuestra oración. A eso nos anima también la Iglesia. De la viveza, la perseverancia y la profundidad de nuestra oración depende la frescura de nuestra respuesta. Examinar la oración nos ayuda ser conscientes de cómo Dios se va asomando a nuestra vida, de cómo va dirigiendo lo que Él tiene pensado para ti.

¿Doy todo el tiempo que realmente necesito a mi oración, al encuentro personal y "de corazón a corazón" con el Amado?

De nuevo, en esta cuaresma, el Señor vendrá a iluminar, a acoger, a transformar, a mirarte con deseo y esperanza. Nunca impone, respeta nuestra libertad, pero ofrece, sin duda, la plenitud para nuestra vida.

¿Cómo me encuentro en este momento de mi vida? ¿Con qué disponibilidad me sitúo para vivir este tiempo de gracia?

  • "Y, entrando, le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo".

La confianza de quien sigue al Señor es la de quien sabe que se encuentra en el camino auténtico porque experimenta, ante todo, alegría. Alegría, serena e interior, porque la propia vida tiene un sentido, porque somos conscientes de quiénes somos y qué es lo que necesitamos, porque tenemos una misión apasionante, porque a pesar de las dificultades y oscuridades, sabemos que el Señor, desde que nos ha llamado, ha posado su mirada en nosotros y nos ha invitado a estar siempre alegres en Él y buscar nuestras alegrías únicamente en las cosas que tienen que ver con Él y nos hacen permanecer en su amor. Los momentos de mayor alegría siempre tienen que ver con la presencia de Dios en nuestra vida.

La alegría es fruto del deseo de Dios de encontrarnos, que se cumple en la necesidad que nosotros tenemos de Él. ¡Necesitamos sentido, esperanza, apoyos consistentes y verdad para nuestra vida! Alégrate también tú porque tu felicidad no está en nada que tengas que hacer, sino en que Dios ha venido a buscarte y te ha ofrecido un plan con el que vibrarás para siempre. Nuestra alegría es Dios, su promesa, su fidelidad.

  •  "No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios..."

La mayor gracia que podemos recibir es la de la vocación que nos impulsa a ser hombres y mujeres nuevos. Dios se acerca para que le gustemos y experimentemos como plenitud gozosa, ofreciéndonos la vida deseada en lo profundo por un corazón hecho a su imagen y semejanza. Por eso, no hay que temer, sino siempre confiar.

Este tiempo de gracia que es la cuaresma, nos ofrece la posibilidad de crecer en el deseo de encuentro con quien quiere volver a recordarte lo que te necesita, naciendo en tu corazón. Por eso, nos preparamos alimentando el deseo de quien ha salido a nuestro encuentro. Cuando nos sentimos sobrepasados por el Señor, cuando ante Él no nos sirven de nada apoyos usados hasta ahora, nos asustamos, tendemos a quedarnos en nosotros. A nosotros nos puede pasar, muchas veces, esto. Dios nos sorprende, nos desborda. Actúa fuera de nuestros esquemas, no responde a lo que yo espero o pienso que debería... Pero, sin embargo, lo que trae es siempre mucho mejor que lo que yo esperaba. Dios transforma, recompone, ilumina, resucita… Esta será nuestra gran alegría. La entrega y la expropiación propia en favor de los demás. La vida la encontramos cuando la entregamos.

Este tiempo me recuerda que: “mis esperanzas” resultan muy cortas en relación a Quien únicamente Es, puede y viene a colmarlas. El tiempo de cuaresma me enseña a saber esperar: siempre a Dios y en Dios y a la manera que él mismo quiera. Cuando se trata de Dios, esperar es confiar en la necesidad que tengo de aquello que viene de Él mismo. Esperar, confiar, disfrutar lo que venga de su parte y agradecer su fidelidad, su cercanía, su maravillosa providencia.

¿Qué espero o a quién espero? ¿Cómo reacciono ante lo inesperado de Dios?

  • "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios."

Como María, sin embargo, nos descubrimos débiles, nos cuesta asimilar que las grandezas que escuchamos de los labios del Señor sean llevadas a cabo por nosotros ¡Dios se ha vuelto loco! Sin Él, ni podemos hacer nada, ni somos nada, sin llevar a cabo su voluntad en la que encontramos todo lo que necesita nuestra vida, no hay alegría, sin comunicar la alegría por la vida que tenemos, gracias a la presencia, en ella, de quien nos posee, nada tiene sentido. Dios nos ha mirado para que mirando a los demás de la misma manera les engendremos a la vida con mayúsculas. Todo esto, que nos parece exceder nuestra capacidad, es posible porque el Espíritu Santo vendrá permanentemente en nuestra ayuda. Tenemos la misión, junto con toda la Iglesia, de transmitir la alegría de un corazón que quiere crecer en santidad para ser auténticamente lo que somos. En la santidad encontramos la plenitud. Y eso lo va haciendo el Espíritu en la docilidad con el que lo recibimos.

La cuaresma es momento propicio para relanzarnos hacia delante desde la esperanza que renace en la confianza de que es Jesús quien, con su gracia, potencia todo lo que Él ha sembrado en nosotros para ser semillas del Reino. Si Él no nace en nosotros, permanecemos en una dinámica de personalismo y conformismo en la que, siendo cada uno el centro, no caminamos hacia la conversión que hace posible en nosotros la imagen deseada y proyectada por el Señor desde el principio.

¿Cómo planeo aprovechar este tiempo de gracia para hacer posible en mí el deseo de Dios para mi vida?

María es modelo, icono para nuestra vida en todo lo que significa nuestro deseo de entrega a Jesús. De ella aprendemos a preparar el corazón desde lo que le hace capaz para vivir deseando siempre ser esclavos de quien ha cautivado nuestro corazón. En el fondo es vivir, desde María, la alegría de ser de Dios y para los demás, sabiendo permanecer en los momentos de cruz atados a Jesús por la esperanza de su resurrección.

La única manera de que pueda llegar el Señor a mi vida es vaciarme de mí mismo, de las incoherencias que me debilitan. María es absolutamente fiel a lo que se le pide, porque es consistente y no busca en ningún lugar lo que sólo encuentra en Dios. Nuestra vida es en relación a Él y a la misión que nos encomienda. Fidelidad, sencillez, austeridad, humildad se convierten en lo que hace posible que la vida de María tenga la fuerza que tiene. Todas ellas tienen en común que permiten vivir siempre mirando sólo y siempre a quien me hace ser y me da la vida de verdad.

- Contempla a María en su diálogo con el Ángel y déjate llevar por lo que veas.

4.- ORATIO.- ¿Qué le digo al Señor desde la palabra que me ha dirigido?

La oración es, además, diálogo. El Señor ha pronunciado sobre tu vida su palabra. Ella misma ha resonado en tu corazón y te ha movido o provocado diferentes sentimientos, luces, etc. Desde lo que has escuchado, ¿qué le dices al Señor? ¿Qué le respondes? Háblale, comparte, abre el corazón.

5.- CONTEMPLATIO.- 

Es el momento de dejar a Dios ser Dios, de dejarnos mirar por quien, de nuevo, volvemos a descubrir como Aquel que nos ama sin condiciones y en totalidad. La palabra que hemos interiorizado procede de quien, de verdad, quiere hacer de nuestra vida una tierra que mana leche y miel. Déjate mirar por quien te ama, imagina la mirada apasionada del Dios bueno y lleno de ternura que sigue siendo fiel en tu vida y sigue suscitando en ti el deseo de dejarte envolver por los deseos de hacer de ti un seguidor fiel y comprometido de su Hijo. ¡Gusta y experimenta qué bueno es el Señor!

6.- DISCRETIO.-

Pero el encuentro con el Señor siempre apunta a algo nuevo. El paso del Señor por nuestra vida, nunca nos deja indiferentes y nos invita a seguir en ese proceso de conversión constante que tiene como horizonte de llegada, vivir siendo criaturas nuevas desde la forma de ser del Hijo. La acción de Dios en nuestra vida espera respuesta de novedad. Desde lo que el Señor me ha comunicado, ¿qué decisiones debo tomar en el día a día para ser más fiel y más de Dios? ¿Hacia dónde debo seguir apuntando para crecer en el camino que Dios me pide? En mi discernimiento personal, ¿cómo se encaja lo que recibo del Señor?

7.- COLLATIO.-

Dios deja en el corazón de cada uno siempre algo que también a los demás puede suponer una gracia y una riqueza grande. Es el momento de compartir, desde la libertad personal, el fruto de todo lo vivido a lo largo de la oración.

8.- ACTIO.-

¿A qué me invita el Señor después de escuchar su palabra? ¿Qué comportamientos nuevos me invita a seguir construyendo el hombre nuevo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

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