Les ofrecemos hoy, quinto Domingo de Cuaresma, el Evangelio de hoy y la homilía de nuestro Director Espiritual, N.H.D. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui.

Evangelio según san Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33- 45:

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, el que tú amas está enfermo ».

Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. Solo entonces dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea».

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará ».

Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día».

Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees
esto?».

Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».

Homilía

Queridos hermanos:

En este domingo de cuaresma volvemos a experimentar algo que es lo más importante que podemos contemplar en nuestra vida cristiana. A Dios le importamos, y le importamos de verdad. Por eso, no se puede quedar de brazos cruzados ante nuestras situaciones de sufrimiento, ante nuestras opciones mal tomadas, ante nuestras desilusiones de todo tipo. Dios es el que siempre toma la iniciativa de la salvación con nosotros (“Yo mismo abriré vuestros sepulcros”), para sacarnos de todas las situaciones de muerte que pueden darse en nuestra vida. La desolación, la desesperanza, la apatía, la pérdida del deseo de seguir luchando por crecer en nuestra fe, pensar que no puedo salir de mi pecado, la propia situación que vivimos actualmente de pandemia, terminan por encerrarnos en nosotros mismos haciéndonos perder de vista todo aquello que sí tenemos y en lo que nos podemos apoyar. La muerte llega cuando pensamos que estamos solos, que todo depende de mí mismo, cuando me olvido que la salvación y la vida llegan al descubrir que siempre estoy en las manos de Dios y que si quito mi mirada de mí mismo y de lo que me aflige para ponerla en el Señor, puedo sentir el viento fresco de la salvación, la ternura y la misericordia que dan la vida.

“Yo mismo abriré vuestros sepulcros”. Es el Señor el que terminará con las situaciones de muerte en las que podemos encontrarnos, aquello que nos apaga como hijos de Dios y seguidores de quien es la vida. Nuestro orgullo, nuestra autosuficiencia, nuestra soberbia, nuestra falta de confianza en que Dios puede hacer en nosotros lo que desea, la envidia, el egoísmo, etc., son nuestros sepulcros y lo son porque en ellos y desde ellos es imposible encontrar o experimentar la vida. El Señor sale al paso una vez más para mostrarnos que sólo desde el amor la vida renace. Constantemente quiere llevarnos a la tierra del sentido de la vida, como hoy nos dice el profeta Ezequiel, pero para ello debemos dejarnos tocar por Él o, mejor dicho, responder a las llamadas a salir de nosotros que, tantas veces, sentimos en lo profundo de nuestro corazón. El deseo de conversión que todos sentimos en esta cuaresma es una ocasión más en la que podemos sentir que Dios sigue tirando de nosotros, experimentar esa ilusión y esa esperanza que nos hace caer en la cuenta que Dios no está cruzado de brazos ante lo que hago, que le importa mi vida y que quiere terminar con lo que me quita la vida para que experimentemos su fidelidad y su alegría por haber entrado en nuestro corazón. Esto sólo lo puede hacer el Señor (“y sabréis que soy el Señor”) porque sólo un corazón que se abre de verdad a la gracia de Dios y espera con confianza en Él, termina por reconocer que sólo Él mismo puede hacer realidad lo que tantas veces nos parece imposible.

Os invito a que os paréis, desde esta lectura, a profundizar en dos aspectos. En primer lugar, os invito a que gustéis esa paternidad de Dios en vuestra vida y seáis capaces de descubrir, así, que siempre podemos confiar en la acción gratuita y auténtica de Dios que no deja y lucha para que no nos hundamos. Es el Dios que nos espera, como al hijo pródigo, y que sólo tiene un deseo en su corazón: acogernos para que lo sintamos siempre cercano y, de verdad, confiemos en Él. Por otro lado, os invito a que penséis cuáles son esas situaciones de muerte, aquellas circunstancias, actitudes, pecados, que nos convierten en sepulcros, que nos vuelven en ocasiones en personas apagadas, tristes, sin esperanza. Qué nos convierte en sepulcros y qué sentimos cuando nos encontramos de esa manera. Seguro que, al comprobar esto, encontramos mucha mayor fuerza y verdad en lo más auténtico que vuelve a florecer cada día cuando nos dejamos mirar por el Señor. El pecado nos mata, nos deshumaniza, nos vuelve como no somos y, por eso, nos impide sentirnos bien. El deseo de conversión brota del deseo de verdad que nos habita y que es la llamada de Dios a dejarnos tomar de su mano para llevarnos a la tierra prometida: lo que siempre ha querido para ti, tu felicidad, tu paz.

En el evangelio, vemos cómo Jesús resucita a su amigo Lázaro. Jesús llora, comparte el sufrimiento con Marta y María, pero les pide a ellas, como lo hace a cada uno de nosotros, que ni en esos momentos, en los que parece que la muerte ha vencido, dejemos de mirar a Dios, que tiene respuesta incluso a la situación de muerte. Jesús es la Resurrección y la Vida y el que crea en Él nunca morirá. Al igual que en la primera lectura, Jesús toma la iniciativa. Aunque no todos tienen confianza en que el milagro se produzca, sin embargo, Jesús ora al Padre, y en comunión con Él, se produce aquello que contemplamos en el evangelio. Dios siempre va a ir a buscarte. Te invito a que te identifiques con el mismo Lázaro: nuestras muertes no son más fuertes que el deseo de Jesús de llenarte de vida. ¿Crees esto? Es la misma pregunta que Jesús le hace a Marta. La vida siempre triunfa porque Jesús es el Mesías enviado para mostrarnos la vida que siembra de esperanza el corazón del hombre. Nuestra Resurrección y Vida pasan por nuestra conversión, si ésta es volver nuestro corazón a Aquel de quien nunca debemos separarnos y vivir nuestro seguimiento de Jesús dejándole siempre a Él la iniciativa. Convertirse es vivir de Otro, desde Otro: Dios. Marta, que ha visto lo que Jesús ha hecho, contesta que cree que Él es el Mesías. No puede ser de otra manera.

En esta cuaresma, en la que sufrimos los efectos de la pandemia del coronavirus, el Papa nos invitaba el viernes a no perder la esperanza. Nuestra esperanza es Jesús, Vida permanente y eterna. Pidamos al Stmo. Cristo de la Misericordia y a Ntra. Madre de la Piedad y Caridad por los hermanos de la Hermandad que más sufren esta situación. Pidamos por todos aquellos que han fallecido, por los que tienen la responsabilidad de gestión de esta pandemia, por todos los que trabajan en el terreno sanitario, para que nunca perdamos la esperanza y nos dejemos fortalecer del deseo de Dios de acompañarnos en estos momentos.

A vuestra disposición. Que el Señor os bendiga a todos.

Un abrazo.

 

Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui

Director Espiritual

 

 

 

 

 

 

 

Les ofrecemos a continuación la homilía del Santo Padre durante la bendición Urbi el Orbi extraordinaria que tuvo lugar ayer en la Ciudad del Vaticano y que es digna a tener en cuenta en estos tiempos difíciles que estamos viviendo.

«Al  atardecer»  (Mc  4,35).  Así  comienza  el  Evangelio  que  hemos  escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas  llenando  todo  de  un  silencio  que  ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendi una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de  que  estábamos  en  la  misma  barca,  todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una nica voz y con angustia dicen: perecemos(cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.

Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre - es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo -. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40)

Tratemos de entenderlo. ¿En qu consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone  a  la  confianza  de  Jess?  Ellos  no  habían  dejado  de  creer  en  l;  de hecho,  lo  invocaron.  Pero  veamos  cómo  lo  invocan:  «Maestro,  ¿no  te  importa que perezcamos(v. 38). No te importa: pensaron que Jess se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: ¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazn. También habrá sacudido a Jess, porque a l le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.

Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir  hacia ti  y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazn» (Jl  2,12). Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer  el  rumbo  de  la  vida  hacia  ti,  Señor,  y  hacia  los  demás.  Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar,  valorar  y  mostrar  cómo  nuestras  vidas  están tejidas y sostenidas por personas comunes  - corrientemente  olvidadas - que  no aparecen  en portadas de diarios y de  revistas,  ni  en  las grandes  pasarelas del ultimo show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los  acontecimientos  decisivos  de  nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos, pero  tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jess: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos  padres, madres, abuelos y  abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar  nuestra  fe pascual. Tenemos un  ancla:  en su Cruz hemos sido  salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No  apaguemos la llama humeante (cf.  Is  42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo.

Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, descargamos en ti todo nuestro agobio, porque T nos cuidas (cf. 1 P 5,7)

Hermandad El Baratillo

Antigua y Fervorosa Hermandad de la Santa Cruz y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Misericordia y Nuestra Señora de la Piedad, Patriarca Bendito Señor San José y María Santísima de la Caridad en su Soledad

 

 

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