Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (2,42-47):

Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.

Todo el mundo estaba impresionado, y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.

Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando.

Palabra de Dios

Salmo Sal 117,2-4.13-15.22-24

R/. Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia


Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia. R/.

Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos. R/.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (1,3-9):

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final.

Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.

Palabra de Dios

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-31):

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

"Paz a vosotros".

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

"Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo".

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

"Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos".

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

"Hemos visto al Señor".

Pero él les contestó:

"Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo".

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

"Paz a vosotros".

Luego dijo a Tomás:

"Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente".

Contestó Tomás:

"¡Señor mío y Dios mío!"

Jesús le dijo:

"¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto".

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Palabra del Señor

COMENTARIO

En este segundo Domingo de Pascua, celebramos el Domingo de la Divina Misericordia. Al igual que hemos podido contemplar a lo largo de todos los días de esta octava, hoy también nos encontramos con otro evangelio en el que podemos asistir, de nuevo, a una aparición del Resucitado a sus apóstoles. En todas estas apariciones, es Jesús quien toma la iniciativa ante la sorpresa y, a veces, indiferencia de quien le contempla. Seguramente que todos estos episodios le servirían al Señor para ser capaz de ver hasta qué punto había calado su persona y su mensaje en aquellos que estuvieron más cerca de Él durante toda su vida terrena. Los apóstoles también eran débiles como nosotros y cuando llegó el momento de la verdad, no sólo se olvidaron de lo que ya había anunciado por Jesús, sino que, tras los acontecimientos de su Pasión y Muerte, no estuvieron abiertos a la Resurrección. Con la muerte del Maestro, parece que todo había terminado. Hoy de nuevo, el Señor, vuelve a tomar la iniciativa, para presentarse ante sus discípulos, derrotados y temerosos, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Los que estaban del lado ganador, a causa de su falta de fe, vivían como quienes ya no tenían razones para hacer nada. La puerta más clara que habían cerrado era la de la fe en las palabras del maestro, justamente la puerta que nos ayuda a vivir los momentos más cruciales de la vida. Cerrada la puerta de la fe, viene el miedo, la desolación, la angustia, la falta de fidelidad, la apatía, la falta de iniciativa, el pecado, la tibieza, etc. Y todo esto crea una falta de paz grande, porque todo esto esto es sentirse muy lejos de lo que realmente somos.

La paz es el gran don de la Pascua. La paz de saber que todo vuelve a su lugar y con ello, mi propia vida. Saber quién soy y quién me hace ser, saber que, a pesar de mi limitación, hay Quien me sostiene, volver a sentir la alegría de quien me repite que soy importante para Él. Hasta tres veces escuchamos hoy de labios del Señor, este deseo de paz. Interioricemos bien esto, hoy más que nunca, en estos momentos de desasosiego e incertidumbre por los efectos de la pandemia que nos azota. Ante el miedo, como los apóstoles y los interrogantes que puedan surgir, demos más lugar hoy en nuestra oración a estas palabras del Señor. La paz para ti, la paz que es Él mismo, su compañía, su compromiso de "estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo".

Esto nos llena también a nosotros de inmensa alegría y nos tiene que llevar a renovar nuestra confianza en Él. Estamos llamados a saber descubrir la presencia de Dios en medio de nuestra vida, para que así las circunstancias que nos rodean no nos quiten la seguridad de que Jesús Resucitado se encuentra con nosotros y viene a ponerse a nuestro lado. El mismo Jesús, consciente de que ha ocurrido lo más importante en la vida de los apóstoles, que es contemplarlo Resucitado, sabe que ya están preparados para llevar hacia delante la gran misión de la evangelización a todos los hombres. Sólo puede realizarse cuando sé que anuncio a quien está vivo, a quien es tesoro y vida para todos los hombres. No seguimos a quien ha sido derrotado en la cruz, sino a quien Resucitado, sigue enamorado del hombre y sigue llamando a quienes le conocen para que ellos mismos le anuncien.

Y todo esto con la fuerza del Espíritu Santo. Esta obra de Dios, que es la evangelización, sólo puede hacerse de su mano y con su fuerza y aliento. Los discípulos son enviados a compartir la misma misión de Jesús, la predicación del Reino, que sólo puede crecer si nuestro corazón está lleno de la misericordia que permite al hombre sentirse hijo afortunado por tener, sin mérito ninguno y sólo por puro amor, un Padre que, a pesar de todo, ha salido permanentemente a esperarle para revestirle de vida y plenitud. Esta es la herencia, la de la salvación, de la que nos habla San Pedro en la segunda lectura. La pasión de Dios tiene que ver con su deseo de regalarnos salvación, eternidad, amor que nunca tiene fin. Hemos sido enviados por el Señor a predicar la misericordia que nosotros hemos recibido en primer lugar. Nuestra misión es una misión de reconciliación, de ternura, de fraternidad, de perdón, de esperanza. Es una misión de amor, pero del amor que hemos experimentado y sentido que es el que nos fortalece, sostiene y nos hace entender por qué no podemos cansarnos nunca de la misión tan apasionante que el Señor nos ha encomendado. Si el amor de Dios nunca se apaga, nosotros no podemos dejar de anunciarlo en ningún momento.

Quien vive esto de verdad, termina atrayendo a quien lo contempla. La primera lectura nos presenta la primitiva comunidad cristiana que vive alrededor de la predicación apostólica, la fraternidad y la caridad, la Eucaristía y la oración (bien podría ser nosotros la piedad) Si nos damos cuenta, para una misión de misericordia, para una misión en lo que lo más importante no es tanto lo que haga sino lo que diga con lo que Dios ha hecho con mi existencia, los apoyos fundamentales son la Eucaristía, la caridad, la fraternidad y la piedad. ¿Nos suena a nosotros todo esto? La novedad de la vida resucitada llega cuando no me busco, sino que vivo en permanente salida hacia Dios y hacia los demás: el dinamismo propio del amor.

Quienes contemplaban a la primera comunidad, sentían deseos verdaderos de ser y vivir de esa manera. El amor contemplado en la vida de quienes son felices precisamente por vivir amando, enciende el corazón de quien busca la razón de su existencia y sufre por el vacío que experimenta. La misericordia de Dios conmigo me compromete con el propio Dios, a ser mensajero y corazón de misericordia para un mundo, a veces, perdido y metido en rutas, más bien, lejanas de lo que realmente hace que el hombre pueda encontrarse con lo que realmente anhela. Que nuestra vida resucitada sea luz que alumbre a nuestros hermanos el camino de la verdad y la plenitud que sólo se encuentra en el Dios que lleno de misericordia no se cansa de salir a buscar a los que buscan vida y la encuentran en nuestra misericordia, fraternidad y caridad.

N.H. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui

Director Espiritual

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (3,1-10):

En aquellos días, Pedro y Juan subían al templo, a la oración de la hora nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solína colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada "Hermosa", para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo:

"Míranos".

Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo:

"No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo; en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda".

Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que le había sucedido.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 104,1-2,3-4.6-7.8-9

R/. Que se alegren los que buscan al Señor

Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
dad a conocer sus hazañas todos los pueblos.
Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas. R/.

Gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro. R/.

¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R/.

Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. R/.

Secuencia 

(Opcional)

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

Evangelio de mañana

Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,13-35):

Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos setenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido.  Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

"¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?"

Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:

"¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado estos días?"

Él les dijo:

"¿Qué?"

Ellos le contestaron: 

"Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo le entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaron a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron".

Entonces Él les dijo

"¡Qué necios y torpes para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?"

Y, comenzado por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:

"Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída".

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:

"¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?"

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

"Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón".

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

COMENTARIO

Durante toda esta semana, seguimos celebrando el gran domingo pascual. Toda la semana de la octava de Pascua es como un gran domingo que se extiende ocho días, porque es tanto lo que celebramos, que un solo día se quedaría muy corto. Por tanto, seguimos en este gran domingo y, por eso, las lecturas de todos estos días de la Octava nos presentan, sobre todo el evangelio, relatos de la Resurrección de Jesús, para que este misterio que celebramos se afiance, para que contemplemos un acontecimiento tan extraordinario para nosotros que debe ser profundizado y gustado de tal manera, que vivamos afianzados en Jesús resucitado y hagamos experiencia, en nuestra vida, de la propia resurrección de Jesús.

Eso es, justamente, lo que hace que la vida pueda cambiara tanto como lo hace en el caso de los apóstoles. En el día de hoy contemplamos a Juan y a Pedro en el templo. Ven como llega un hombre paralítico (podríamos ser cada uno de nosotros) que, sentado en la Puerta Hermosa, es colocado de día, en ese mismo lugar, para ganar algo de dinero que le permita vivir, que le dé para poder seguir tirando. Cuando alguien está experimentando la alegría de saber que vive en su verdad y que su vida tiene todo el sentido del mundo, es imposible no tener misericordia de quien vive atrapado en su propia historia y, contentándose con tener para seguir tirando, quedarse sentado y pensar que no hay nada que hacer.

Pedro y Juan se pusieron a su lado y le pidieron que les mirara ("Míranos") Y él esperaba recibir lo que pensaba que necesitaba para vivir. La petición de los apóstoles es más importante de lo que parece. Es una invitación a salir de sí mismo, a no mirarse de tal manera que se le olvide que más allá de sí mismo existe horizonte y, por tanto, vida. "Míranos", es la invitación a no quedarse en sí mismo, a compadecerse de sí mismo, a creerse él mismo, que no tiene nada que hacer por cambiar lo que vive. "Míranos" para descubrir algo diferente a la historia que nos podemos contar cada día para justificar lo que hacemos y no salir del agujero o de la oscuridad en la que nos podamos encontrar. "Míranos", porque aunque no lo parezca, más cerca de lo que pensamos hay otras posibilidades y estamos llamados a conocerlas. Ten valor para dejar el paso de lo que te aflige, y créete que hay una vida muy diferente que te espera.

Seguramente, el paralítico pensaría que todo eso llegaría con más dinero ("pensaba que le darían algo"), o con algo que le proporcionara más comodidad y menos sufrimientos. Pero todo cambió. No recibió lo que pensaba que necesitaba, no recibió "cosas", por una vez descubrió que lo más importante no es saciar la sed de tener. "No tengo ni oro ni plata, pero te doy lo que tengo: En nombre de Jesús Nazareno, echa a andar".

Me gustaría saber qué pensaría en ese momento al escuchar a los apóstoles. Pero seguro que su opinión cambiaría cuando viera el resultado de aquello que había recibido. No se trata de tener, sino de ser; no se trata de que yo me conforme con ir tirando, pensando que cualquier cosa me sirve para estar bien. No. El ser del corazón del hombre nunca se llenará de cosas. Sólo lo llena el Señor, Jesús Resucitado. Sólo cuando dejo que su palabra entre en el corazón, enseguida mi corazón despierta ("se levantó") Abrir el corazón a Jesús Nazareno, dejar que llegue a mi vida a través de quien vive de Él y para Él (los discípulos), hace que todo cambie. Para ser feliz no tenemos que pagar, o pensar que necesito cosas. La felicidad está en darle el corazón, y creerme de verdad, que Jesús tiene lo que yo necesito para vivir plenamente. Y esto lo descubrió el paralítico.

Los discípulos de Emaús se encuentran en una situación parecida. La falta de fe trae mucha oscuridad, inseguridad, falta de claridad a la hora de tomar decisiones, pensar que puedo vivir de la misma manera en la que lo hacía, antes de conocer a Jesús. Eso es imposible. Quien ha conocido a Jesús, de verdad, no puede pensar que haya mejor que Él y lo que él puede dar a nuestra vida. Todo le sabrá a poco.

La muerte de Jesús hace que sus seguidores tengan la tentación de separarse y volver a lo anterior. Toda su angustia, su desolación, es resultado de su falta de fe. Lo que están viviendo, ha sido anunciado por el propio Jesús. Cuando vivimos al margen de la Palabra de Dios, y nos metemos en nuestros propios criterios, el resultado no suele ser bueno. Pero Jesús, una vez más, no nos deja. Se coloca al lado de estos hombres desolados, quejosos y decepcionados por lo que se ha vivido. Afirman que Jesús ha sido un gran Profeta ("Nosotros esperábamos que fuera el futuro liberador de Israel"), tenían en Él muchas esperanzas, pero todo eso se ha quedado en nada. ¿Qué pensaría Jesús cuando escuchaba esto? ¿Qué pensará Jesús cuando escuche de nosotros que parece que nos ha olvidado?

La reacción de Jesús no se hace esperar (¡Qué necios y torpes sois!" "Y les explicó lo que se refería a Él en toda la Escritura") El problema no está en Jesús, que anuncia y cumple. El problema está en nosotros que no creemos a Jesús porque queremos un camino fácil, sin dificultades. Nos cuesta morir a nosotros mismos, nos cuesta pensar que es, justamente, en nuestras muertes personales donde podemos encontrar horizontes de verdad y vida más sólida. Sin embargo, tal y como decíamos antes, el que ha experimentado a Jesús no lo olvida y saber percibir su presencia.

Ante el ofrecimiento de los de Emaús a Jesús para que se quede con ellos, él accede. En el momento de partir el pan, lo reconocen y reconocen también que, cuando les hablaba de la Escritura, sus corazones renacían y sentían vida y paz. La palabra de Dios nos abre a la vida y produce en nuestro interior algo que nos hace ponernos de nuevo en nuestro lugar. Sus corazones volvían a arder porque descubrían que el Señor había permanecido fiel, que Él había cumplido, que era realmente el único y verdadero Señor. Esto les lleva a anunciarlo inmediatamente. El que experimenta a Jesús vivo, no espera a anunciarlo. El hombre pascual es aquel que, renunciando a lo que le produce muerte (miedos, la falta de fe, la queja, la dureza de corazón, componendas, egoísmos, comodidades, medias tintas, etc.), encuentra la vida y la fuerza en una Palabra, la de Dios, que saca lo más real y auténtico de nosotros y nos pone en un camino de novedad, de esperanza y fidelidad a quien sobradamente nos ha demostrado que nos amó, nos eligió y nos envión para que otros tantos paralíticos de nuestro mundo se levanten y gusten la misericordia que transforma y da vida.

Nuestra fuerza será justamente saber que nosotros hemos sido esos mismos paralíticos y que sólo Jesús Resucitado es capaz de hacerlo todo nuevo, incluso cada una de nuestras vidas.

N.H. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui

Director Espiritual

Les ofrecemos la lectura del Evangelio de hoy, la reflexión personal de nuestro Director Espiritual, N.H. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui y finalmente, la carta pastoral de nuestro Arzobispo de la Archidiócesis de Sevilla, Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Juan José Asenjo Pelegrina.

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (10,34a-37-43):

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

"Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.

Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados".

Palabra de Dios

Salmo. Sal 117,1-2.16ab-17.22-23   

R/. Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo


Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. R/.

«La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. R/.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente. R/.

SECUENCIA  

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (3,1-4): 

HERMANOS:

Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también apareceréis gloriosos, juntamente a él.

Palabra de Dios

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,1-9):

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:

"Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto".

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. 

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. 

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no había entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor

Reflexión

Queridos Hermanos:

¡Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo! Con la respuesta al salmo responsorial de la Eucaristía del Domingo de Resurrección, os saludo a todos con la alegría que brota de la contemplación de la victoria de Cristo sobre la muerte. ¡Cristo ha resucitado! Cristo ha vencido las ataduras del pecado y de la muerte y así nos ha abierto a todos el camino de la plenitud. La victoria de Jesús es nuestra victoria. Él nos ha ganado la vida para siempre enseñándonos los elementos esenciales para ello: el amor, el abajamiento, la misericordia, la búsqueda constante de la voluntad del Padre. Cuando vamos por el camino de la verdad, lo que queda es encontrarnos con la verdad con mayúsculas, que es Cristo.

Celebrar la Resurrección de Cristo, en estos momentos de pandemia, tiene, además, un contenido más peculiar si cabe. Nos invita a no caer en la desolación o la desesperanza, porque poner nuestra mirada y confianza en el Señor Resucitado, nos da fuerza para mantenernos en pie, sabiendo que el poder de Cristo es más fuerte que nada y que, unidos a quien vive para siempre para interceder por nosotros, sabremos vivir estos momentos con esperanza. Quien vive de Cristo y para Él, encuentra una fuerza que le sobrepasa, tal y como vemos en la primera lectura. La fuerza de los apóstoles se encuentra en su convicción acerca de Jesús como el único, verdadero y auténtico Señor, en quien se puede confiar, porque mantiene su palabra y hace al hombre vivir con una alegría y un sentido tales, que tienen que proclamarlo sin miedo a lo que pueda ocurrir.

Mejor dar la vida para que otros la encuentren (precisamente como hace Jesús), que callar consintiendo que los hombres no descubran el camino de la verdad. La fuerza realmente está en la identificación con la persona de Cristo que hace que el hombre sea capaz de llegar más allá de donde imagina. La fuerza del hombre es Cristo resucitado y su comunión con Él. Por eso mismo, la segunda lectura invita a buscar siempre los bienes de arriba. A vivir desde lo que nos mantiene cerca y unidos a Cristo. En los bienes espirituales, hay camino que merezca la pena. En los del mundo, esclavitud y tristeza.

Contemplar, desde el evangelio, la tumba vacía, el sepulcro abierto, es la expresión de que Dios nunca va de farol con el hombre. Jesús anunció su pasión, pero también su Resurrección. Como los apóstoles, algunas ocasiones nos damos cuenta, a posteriori, de que Jesús es leal y cumple con lo que dice. Juan, después de ver el sepulcro vacío, es cuando da credibilidad a las palabras de Jesús. Esto, para nosotros, es hoy una invitación a no dudar un instante del Señor en nuestra vida y a saber que siempre puedo estar seguro de su presencia en mi vida. Porque, resucitado, vive para siempre para guardarte, amarte y protegerte.

He creído conveniente terminar estas reflexiones, que os he enviado durante toda esta semana, con la carta pastoral de nuestro querido Sr. Arzobispo. Como sabéis, cada semana D. Juan José escribe a toda la Archidiócesis ilustrándonos con sabiduría sobre diferentes aspectos que tienen que ver con nuestra fe. Como no podía ser de otra manera, este domingo felicita a todos los fieles la Pascua. Leámosla con cariño y atención.

Por último, quiero agradecer a nuestro Hermano Mayor y a su Junta de Gobierno, la oportunidad que me ha dado de poder dirigirme a vosotros cada día de esta Semana Santa. Nuestra intención ha sido intentar ayudar y llenar espiritualmente este tiempo de gracia, estar cerca de todos los hermanos, y haceros sentir que vuestra Hermandad quería acompañaros en esta Semana Santa tan especial que hemos vivido. Pero, especialmente, quiero agradecer a N.H.D. Luis Fernando Rodríguez Carrillo y a N.H.D. Francisco Javier Rodríguez Galán, su trabajo enorme en estos días, dedicados a hacer posible que la labor que se ha hecho desde la Hermandad, pudiera llegar a todos vosotros. Gracias de corazón y que el Señor de la Misericordia os bendiga y Nuestra Madre de la Piedad y Caridad os proteja siempre.

A partir de ahora, seguiré dirigiéndome a vosotros tal y como lo hacía antes de la Semana Santa. Cada miércoles y domingo, enviaré algunas notas que nos ayuden a vivir, desde el Señor, este tiempo de Pascua tan bonito y apasionante. ¡Feliz Pascua de Resurrección! Que el Señor os bendiga a todos.

Un abrazo.

N.H. Rvdo. Sr. D. Andrés Ybarra Satrústegui

Director Espiritual

 

Carta Pastoral del Sr. Arzobispo

¡CRISTO HA RESUCITADO, ALELUYA!

 

 Queridos hermanos y hermanas:

Este es el mensaje de la Pascua cristiana, la Buena Noticia que la Iglesia viene proclamando desde hace veinte siglos; desde aquella mañana del primer día de la semana en que Pedro y Juan encuentran vacío el sepulcro de Jesús; desde aquella madrugada en que las piadosas mujeres que van a embalsamar su cadáver, reciben del ángel este mensaje alentador: "No esta aquí. Ha resucitado".

Esta es la gran noticia que la Iglesia tiene el deber de anunciar al mundo en esta mañana de Pascua. Esta es la magnífica noticia que cambia el curso de la historia porque significa que la vida ha triunfado sobre la muerte, la justicia sobre la iniquidad, el amor sobre el odio, el bien sobre el mal, la alegría sobre el abatimiento, la felicidad sobre el dolor, y la bienaventuranza sobre la maldición, y todo ello porque Cristo ha resucitado.

La Resurrección del Señor es la obra maestra de la Trinidad Santa, "la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, -como nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica- creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, predicada por los Apóstoles como parte esencial del Misterio Pascual, transmitida como fundamental por la Tradición y abiertamente afirmada en los documentos del Nuevo Testamento". Sin la Resurrección, Jesús sería el mayor impostor de la historia de la humanidad y el cristianismo el más burdo fraude cometido jamás. La resurrección es el sello de garantía de la persona, la obra y la doctrina de Jesús. Para nosotros es un manantial inagotable de seguridad y confianza. Gracias a la Resurrección del Señor sabemos que nuestra fe no es una quimera y que el objeto de nuestro amor no es un fantasma, sino una persona viva, que está sentada a la derecha de Dios.

La consecuencia más importante de la Resurrección del Señor es nuestra futura resurrección. Si Jesús ha resucitado, también nosotros resucitaremos. El Catecismo nos dice que después de su Muerte, el Señor bajó al seno de Abrahán para liberar a los justos anteriores a Él y abrirles las puertas del cielo. Ojalá que en esta Pascua, al mismo tiempo que sentimos muy a lo vivo la alegría inmensa que brota de la resurrección del Señor, experimentemos también intensamente la emoción que nace espontánea de la aceptación de esta verdad original del cristianismo: somos ciudadanos del cielo, al que estamos llamados y cuyas puertas nos ha abierto el Señor en su Resurrección de entre los muertos.

La liturgia de estos días nos invita a sacar las consecuencias que la Resurrección del Señor entraña para nuestra vida cristina: Ya que habéis resucitado con Cristo, -nos dice san Pablo- buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. La esperanza en la Resurrección debe ser fuente de consuelo, de paz y fortaleza ante las dificultades, ante el sufrimiento físico o moral, cuando surgen las contrariedades, los problemas familiares, profesionales o económicos, cuando a nosotros o a nuestros seres queridos nos visita el dolor o la enfermedad.

La esperanza en la resurrección es además fuente de sentido en nuestro devenir. Un cristiano no puede vivir como aquel que ni cree ni espera, o en el mejor de los casos cree que después de la muerte sólo existe la nada. Porque Cristo ha resucitado, nosotros creemos y esperamos en la vida eterna, en la que viviremos dichosos con Cristo y con los Santos. Esta perspectiva que es fruto de la Pascua, debe marcar, determinar y configurar nuestro presente, nuestra forma de pensar y nuestro modo de vivir, sabiendo que somos peregrinos, que no tenemos aquí una ciudad estable y permanente, pues nuestra verdadera patria es el cielo.

La perspectiva de la resurrección define e ilumina nuestra vida, la nutre y llena de esperanza y alegría. De todo ello se privan quienes no creen en la resurrección y en la vida eterna, artículo capital de nuestra fe. Aspiremos a los bienes de arriba y no a los de la tierra, vivamos ya desde ahora el estilo de vida del cielo, el estilo de vida de los resucitados, es decir, una vida de piedad sincera, alimentada en la oración, en la escucha de la Palabra, en la recepción de los sacramentos, singularmente la penitencia y la Eucaristía y en la vivencia gozosa de la presencia de Dios; una vida alejada del pecado, de la impureza, del egoísmo y de la mentira; una vida pacífica, honrada, austera, sobria, fraterna, edificada sobre la justicia, la misericordia, el perdón, el espíritu de servicio y la generosidad; una vida, en fin, asentada en la alegría y en el gozo de sabernos en las manos de nuestro Padre Dios y, por ello, libres ya del temor a la muerte. Este es mi deseo para todos los diocesanos en esta Pascua.

Un abrazo fraterno y mi bendición.

Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

 

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